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27 de julio de 2015

El camposanto tabarquino

Allá, en la punta oriental de la isla —parafraseando a Fernando Delgado en su blog «Oficio de escribir»—, lindando con los arrecifes donde cormoranes, gaviotas, garzas y otras aves mediterráneas se instalan al atardecer, quietas, enhiestas, firmes, aguardando acaso la salida de las almas hacia la eternidad, se levantan los blancos muros del humilde cementerio de Nueva Tabarca. En el otro extremo, el occidental, que contempla el ocaso, se halla el poblado diseñado por los ingenieros dieciochescos. Parece como si la isla se dividiese en un mundo de muertos y otro de vivos, antagónico, reñidos entre sí, que separan muros y tapias con la llanura de El Campo entre ellos, una particular sabana de paleras, cambrones y retamas.


Los mismos tabarquinos hicieron su cementerio en el cabo Falcó, como señalando a la patria ítala perdida. Sus lápidas, su libro de enterramientos si se conservara, estaría bien lleno de los apellidos Ruso, Parodi, Chacopino, Pitaluga, Luchoro y tantos otros de aquellas gentes que, dicen las memorias, antes de dos años habían perdido su dialecto genovés por el valenciano de las gentes de la costa. Paradójicamente, en el cautiverio de Túnez y Argel lo habían mantenido durante quince años. Acaso ese, su querido dialecto, esté también enterrado en el pequeño y humilde Cementerio casi marino de Tabarca, como lo denominara el malogrado Enrique Cerdán Tato en su célebre sección «La Gatera» del Diario Información del 26 de enero de 1993, basado, a su vez, en el artículo del Diario El Luchador del 5 de febrero de 1913, páginas 1 y 2, que luego veremos al completo.

Lo cierto es que, si existe en la isla un lugar que haya visto pasar, mudo y silencioso, los devenires políticos y sociales de su rica historia a lo largo de los siglos, ese es su cementerio, recinto aletargado y, por fortuna, frecuentemente abandonado de la curiosidad turística estival.


6 de julio de 2015

El puerto romano de la Albufereta

Hace unos días, el azar me llevó a leer un pequeño artículo de EuropaPress, de hace apenas un par de años, en el que se afirmaba que las excavaciones en Lucentum, llevadas a cabo por el Museo Arqueológico de Alicante (MARQ) en el yacimiento del Tossal de Manises, junto a la alicantina playa de la Albufereta, indicaban que fue fundada por los cartaginenses en el siglo III a. C., a pesar de que lo que a todos nos suena es su importancia estratégica durante la dominación romana.

Lo que ocurre es que, a estas alturas y tras tanto titular de prensa, a uno le hace pensar si nos encontramos ante un nuevo secreto a voces, de tantos que se han ido publicando de tiempo en tiempo, como ahora veremos. De todas formas, ¿quién sabe?, igual es posible que esos recientes hallazgos arqueológicos en el Tossal de Manises, nos deparen, algún día, que nos encontramos, en realidad, ante la mítica Akra Leuké de las antiguas crónicas griegas. Pero, de momento, nos seguimos situando en el terreno de la historia-ficción.

Recreación virtual de la ubicación de Lucentum y su entorno

La cuestión es que me hizo recordar que, a raíz de la publicación el 25 de febrero de 2008, en el blog de la Asociación Cultural Alicante Vivo, a la que pertenezco, del magnífico artículo de Rubén Bodewig Belmonte titulado El yacimiento submarino de la Albufereta, me permití insertar un comentario en el que afirmaba que nunca entenderé que nos quieran «vender» en medios de comunicación determinados descubrimientos, cuando no son tales. Así, hacía referencia, por ejemplo, al bombo y platillo que le dieron al supuesto «hallazgo» del Torreón de San Francisco, cuando fue encontrado durante las obras de encauzamiento de las aguas pluviales en la Rambla y la Explanada, mientras estaba sobradamente descrita dicha torre en numerosos documentos históricos de Alicante sobre el antiguo recinto amurallado, así como el más reciente «descubrimiento» de la Puerta del Mar de nuestra ciudad, en obras de acondicionamiento de la calzada peatonal anexa a la Explanada de España. Bastaría consultar, por ejemplo y sin ir más lejos, en el libro de Pablo Rosser Limiñana titulado Nace una ciudad. Origen y evolución de las murallas de Alicante (Concejalía de Cultura, 1995).

Añadía, a continuación, en mi comentario, que ocurrió algo similar con el puerto romano de la Albufereta, cuando se afirmó en los medios de comunicación que se había descubierto sus restos durante las obras de encauzamiento del barranco del Juncaret. A este respecto, terminaba diciendo que guardo un pequeño libro en mi colección de documentos antiguos de Alicante, en el que Francisco Figueras Pacheco, autor del mismo, describía estos restos pormenorizadamente: El antiguo puerto interior de la Albufereta de Alicante. Descubrimiento y descripción (Gráficas Moscat, 1955).

29 de junio de 2015

El concepto de «ninots de carrer» en la primera etapa de Les Fogueres

Artículo publicado en la Revista Oficial Festa de Fogueres 2015

La figura de los ninots de carrer es tan antigua en Alicante como Les Fogueres de Sant Joan, no en vano han estado presentes desde los primeros compases de la Fiesta. Pero el concepto de los mismos ha variado con su evolución. Desde este punto de vista, unido a lo incompletos de los archivos documentales, escritos y gráficos que han llegado hasta nosotros, es difícil precisar y catalogar cuáles y cuántos ninots de carrer vieron las calles y plazas de nuestra ciudad.

Partiendo del actual concepto de ninots de carrer, con ciertas concesiones a la clasificación que de ellos se hace en función, fundamentalmente, de los archivos originales de Les Fogueres conservados en el Archivo Municipal de Alicante (AMA), sin lugar a dudas los más fidedignos a la hora de consultar los elementos históricos de la Fiesta, es posible realizar una semblanza de aquellos primeros plantados en nuestra ciudad, aunque en la documentación oficial atesorada no respondan a tal término.

Hoy entendemos como «ninots de carrer», en su acepción más completa, el ninot o grupo de ellos, confeccionados de forma artesanal por particulares, adultos o infantiles, colectivos vecinales, asociaciones, entidades, instituciones, o bien los propios artistas de fogueres, comisiones de fogueres y barraques, preferiblemente plantados e integrados en un entorno acorde a su intención o significado, con vestiduras reales o, en su defecto, realizadas en cartón, a modo tradicional, pudiendo estar acompañados de elementos que los complementen. Pero este concepto no estaba tan normalizado, ni muchísimo menos, en la primera etapa de Les Fogueres de Sant Joan, en concreto desde 1928 a 1936, que se pretende analizar a continuación, para lo que seguiremos el orden de los expedientes guardados en el AMA. Comprobaremos que la propia denominación de ninots de carrer no fue utilizada desde un principio, así como que algunos claramente identificables como tales no lo estuvieron, y nos permitiremos ciertas licencias a la hora de catalogarlos, atendiendo al mencionado concepto que actualmente tenemos de esta figura foguerera.

Podemos encontrar el primer ejemplo en los albores de la Fiesta, en el monumento que se plantó en su año fundacional 1928 en la mal denominada plaza de Roger, una calle asignada entonces al distrito de la plaza de Isabel II, actual de Gabriel Miró, tan cercana al Ayuntamiento que sería demolida en 1955 durante la reforma de la en esa fecha denominada plaza del 18 de Julio. La solicitud de plantà de la Foguera Plaza de Roger especifica «que ateniéndose a lo ordenado, acompaña el boceto [...] representando la clásica parada de melones».

Foguera Plaza de Roger 1928
El clasic melonero, de José Marced (AMA)

Aunque dicho boceto no se conserva, sí hay varias fotos del resultado de esta igualmente mal llamada foguera, fuera de concurso y probablemente de iniciativa particular, que sin duda parece más lo que hoy conocemos como un ninot de carrer. Hay publicaciones que le dan el lema El clasic melonero y la autoría a José Marced Furió.

7 de junio de 2015

Llibrets de Fogueres 1928.
Análisis y conclusiones

Artículo publicado en el Llibret de la Foguera Avenida de Lóring-Estación 2015

Han pasado casi seis décadas desde que Miguel Castelló Villena publicara, en 1957, su Bibliografía de las Hogueras de San Juan de Alicante, Premio «José María Py Ramírez de Cartagena» de la Comisión Provincial de Monumentos Históricos y Artísticos, el primer trabajo de esta índole que se fundamentaba en la producción escrita sobre Fogueres de Sant Joan, del que se editarían tan solo 300 ejemplares numerados.

Portada de la Bibliografía de las Hogueras de San Juan de Alicante
Miguel Castelló Villena. 1957 (Archivo Armando Parodi)

Profundo conocedor de la Fiesta, hasta el punto de que de niño ya plantaba, en la calle donde tenía ubicada la residencia su familia, pequeños monumentos foguerers, el entonces secretario de la Comisión Gestora presidida por su tío, Gastón Castelló, situaba en su perfecto contexto el concepto, razón y contenidos del llibret en el escrito con que prologaba su obra:
Desde que en el año 1928, José M.ª Py y Ramírez de Cartagena trasplantó de Valencia la belleza de sus «fallas» para darle forma a nuestras «Fogueres» es mucho lo que sobre ellas se ha escrito.
Todos conocemos que por cada Comisión de Distrito se editan unos «llibrets» donde junto a la explicación, más o menos graciosa de la «foguera», se publican las fotografías de sus «belleas», los «foguerers», relación de su comisión y algún que otro artículo literario, en muchos casos con firmas de prestigio que desean colaborar y darle con ello categoría a estas modestas publicaciones. Estas publicaciones en sí, son la Historia de nuestras Hogueras y nuestras Hogueras, no cabe duda de que ya forman parte de nuestra historia local.
Pero, ni su posición privilegiada en la Comisión Gestora, ni sus entrevistas personales con presidentes y miembros de gestoras y corporaciones municipales anteriores, ni su magnífica relación con el entonces archivero municipal, Augusto Fresneau, consiguieron completar esta primera relación de obra escrita de Les Fogueres, especialmente en sus primeros años. Solo el paso de las décadas, con la investigación y aportaciones de foguerers y barraquers, han conseguido, poco a poco, ir completando esta bibliografía, aun con las lógicas lagunas de desconocimiento, en ocasiones, de si este o aquel llibret se publicó, o tal vez si se conserva o no algún ejemplar en quién sabe qué biblioteca o, lo que es peor, qué desván.

Vamos a abordar en este trabajo los llibrets del primer año de la Fiesta a los que de algún modo se ha podido acceder, tratando de aportar un granito de arena a la obra de Miguel Castelló Villena, a la par de dar a conocer su peculiar lenguaje, estética y contenidos, incluida  la omnipresente y, por otra parte, imprescindible publicidad para su financiación.

27 de abril de 2015

Pasado y presente de Nueva Tabarca:
algunos visitantes contemporáneos

Artículo de EMILIO SOLER PASCUAL 
Universidad de Alicante 

Publicado en «Nueva Tabarca, un desafío multidisciplinar» (2014)
Instituto Alicantino de Cultura Juan Gil-Albert 
(Fotografías e ilustraciones escogidas y añadidas por «La Foguera de Tabarca»)



A finales de la centuria ilustrada, los sueños tan utópicos como interesados del ingeniero militar Fernando Méndez con respecto a la isla de Tabarca se desmoronaron por completo. La monarquía española había firmado un tratado con Argel por el que se aseguraba la protección de sus costas de ataques imprevistos y el gobierno español dio un giro importante al proyecto tabarquino que, de la mano de Méndez, había pasado de formularse originariamente como una barrera defensiva orientada a mar abierto a convertirse, según sus deseos, en un importante dispositivo militar. Si a partir del siglo XVI la costa levantina se había poblado de torres y atalayas, «construidas a manera de puestos de vigía contra los piratas africanos», tal y como señalaba en el siglo XIX el viajero inglés Richard Ford, el proyecto defensivo de Nueva Tabarca se hubiera convertido, de seguir adelante los proyectos de la monarquía de Carlos III, en la perla de esa corona semicircular defensiva que bordeaba el litoral alicantino.

Méndez había pensado en convertir la isla «en un fuerte avanzado en la mar» capaz de defender la ciudad de Alicante de los ataques de los corsarios berberiscos, pero el proyecto urbanizador, y no tan solo el militar, debería reconducirse hacia otro de características distintas más acorde con el giro político del gobierno español. Unas discrepancias manifestadas una y otra vez por el gobernador de Alicante, Conde de Baillencourt a sus superiores en Madrid criticando el excesivo desarrollo castrense que Méndez pensaba otorgar a Nueva Tabarca.


Y todo esto independientemente que el proyecto del ingeniero Méndez hubiera obtenido en su momento el plácet, a pesar de las severas advertencias que en su día recibió, entre ellas del científico y marino alicantino Jorge Juan y Santacilia quien, ya en 1770, no solamente criticó su programa militar por desmesurado, sino que llegó a calificar a Fernando Méndez de persona que carecía de la formación necesaria para entender que una ciudad debía ceñirse a las necesidades de la población y no al contrario, señalando importantes carencias para los habitantes como era, y no la menor, la falta en la isla de agua potable y de leña. El problema que se presentaba a la población tabarquina, ante la falta del líquido elemento, hizo que las autoridades mandaran excavar un pozo muy profundo cerca de la puerta de San Miguel. Los sondeos esperaban encontrar agua dulce que solventara el problema de abastecimiento, tan imprescindible para la población, pero pronto se abandonaron las prospecciones ya que el agua del mar se filtraba en las conducciones y el líquido resultante era completamente salobre. Méndez, ante ese problema, proyectó la construcción de una serie de aljibes, tanto en el casco urbano como fuera de él, para recoger la lluvia, escasa e irregular, cuando cayera sobre las terrazas de las viviendas y trasladarlas a esos depósitos. El número inicial fue de siete cisternas con la posibilidad de ir ampliándolas conforme fuera aumentando la población. Cada una de ellas tenía capacidad para albergar unos 50 ó 60.000 cántaros. La realidad mostraría que los aljibes debían ser llenados periódicamente con agua transportada desde tierra firme, con el gasto y el esfuerzo que semejante tarea ocasionaba.