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La Almadraba de Tabarca

Publicado en la Revista Canelobre n.º 60, Invierno 2012
Instituto Alicantino de Cultura Juan Gil-Albert


La almadraba de Tabarca:

un medio de vida entre la historia y la leyenda


La pesca del atún en Sicilia. Aguafuerte de Jean Pierre Houël (1782).

Si hay algún factor que ha marcado la ocupación, la vida y la evolución de los tabarquinos desde el mismo momento de su llegada a Nueva Tabarca es, sin duda, la pesca, en especial del atún y, en concreto, haciendo uso de artes de pesca masiva como es la almadraba. Prueba de ello es el paralelismo existente entre el número de habitantes de la isla y el volumen de capturas hasta su desaparición, momento en que devino un importante y progresivo descenso demográfico hasta situarse en valores mínimos como los actuales.

La actividad pesquera en la isla Plana procede de muy antiguo. Probablemente ya fuera utilizada por fenicios y romanos como base de pesca del atún, para la obtención del garum, una salsa hecha de vísceras fermentadas de pescado, considerada por los habitantes de la antigua Roma como alimento afrodisíaco, y sólo consumido por las capas altas de la sociedad. Apenas llegados los cautivos redimidos originarios de la Tabarka tunecina, la pesca se convirtió en la actividad más importante, dada la escasez de otros recursos (agricultura, ganadería, caza), siendo la modalidad que más ha caracterizado a Tabarca, la almadraba.


La migración del atún y su importancia económica 

El atún es un pez migratorio, bajo cuyo nombre genérico se engloban varias especies de la familia de los escómbridos: melvas, albacoras, listados, bonitos, patudos y, en menor medida, algunos peces espada, corvinas, bacoretas y lechas. Su captura y salazón se remonta al segundo milenio antes de Cristo. Los fenicios debieron conocer su pesca y la industrialización de ésta en el Extremo Oriente, sobre todo en el Bósforo, y las trasladaron a todo el Mediterráneo. Las referencias más antiguas de su pesca y salazón en las costas españolas se encuentran en fragmentos de los autores griegos de comedias Eupolis (446 a. C.-411 a.C.) y Antífanes (408 a. C.-334 a.C.).

Su importancia económica radica en el total aprovechamiento del atún, incluidas su piel y su espina, razón por la que se le conoce como el «cerdo marino». En la dieta mediterránea, especialmente desde Cartagena a Gandía, desempeñó un importante papel hasta mediado el siglo XX. La carne del atún era dividida en quince partes: mormo, morrillo, tarantelo, faseras, descargado, descargamento (de estas dos últimas se obtiene la mojama), tronco, tonyna de sorra, cola, espineta blanca, tripas (budellet), buche, hueva, recortes y sangatxo. Cada una precisa un tratamiento específico en las chancas o fábricas de salazón.

Atún de 500 kg capturado en almadraba (1952).

Según Odón de Buen y del Cos (1863-1945), padre de la Oceanografía española, el atún entra en el Mediterráneo por el estrecho de Gibraltar en febrero, después de haberse literalmente cebado en el Atlántico, y va penetrando en él hasta junio. Se dirige a los lugares de puesta, uno de los más importantes se localiza entre Cerdeña, Sicilia y Túnez, y otro, más reducido, entre las islas Baleares y la península Ibérica. Una vez ha desovado, comienza a desandar el camino hasta salir por el estrecho a finales de noviembre. El recorrido se lleva a cabo cerca de la superficie, con precisión, y próximo a la costa. Nada en grupos o cardúmenes, siguiendo las corrientes por las mismas rutas durante toda su vida, lo cual hace que el conocimiento preciso de su movimiento sea imprescindible para calar la almadraba en el lugar adecuado.


La almadraba. Tipos, componentes y funcionamiento 

La almadraba es un arte de pesca formado por un conjunto de redes y barcos que se emplea en la captura fundamentalmente del atún, una ciudad submarina hecha de cáñamo y esparto. En el caso de Tabarca, el esparto en bruto procedía de Elda, Yecla, Jumilla, Calasparra, Almería y norte de África; el esparto elaborado, de la propia Tabarca, Benidorm y Villajoyosa; el cáñamo, de Callosa del Segura y el elaborado, de Villajoyosa, Benidorm y Tabarca; la rosca o corteza de pino para el tintado, de Tibi, Villajoyosa y Campello; el corcho para las boyas, de Argelia; y el fuerte hilo denominado piola, de Villajoyosa, que contaba con los mejores talleres de redes de la provincia.

Su funcionamiento está basado en la interceptación de los ejemplares y la posterior concentración en un lugar cercado por redes donde se capturan de forma masiva. Es por ello que se arma al paso de los atunes en su migración y, debido a que se trata de un viaje de ida y vuelta, las almadrabas pueden ser de paso o de derecho, cuando se capturan atunes que van a desovar, y de venida o de revés, cuando los peces vuelven al Atlántico. Los ejemplares mayores son obviamente los de paso, ya que el atún al iniciar el periodo reproductivo deja de alimentarse, por lo que en otoño han llegado a perder hasta un 35% de su peso.

Las alusiones más antiguas al término «almadraba» datan de finales del siglo XIV. Las diversas propuestas sobre el origen etimológico coinciden en su procedencia del árabe hispánico al-mah-draba, que viene a traducirse como «lugar donde se golpea». Se aplica indistintamente al arte de pesca y al sitio donde se realiza. En la primera acepción, comprende el conjunto de barcos, redes y armazones que se colocan al paso de los atunes. En la segunda, significa su ubicación geográfica. Puede referirse igualmente a su infraestructura en tierra.

Elementos de la almadraba de Tabarca. José Luis González Arpide (1981).

Tanto el Diccionario histórico de los artes de la pesca nacional (Antonio Sánchez Reguart, 1791), como el Diccionario de artes de pesca de España y sus posesiones (Benigno Rodríguez Santamaría, 1923) señalan cuatro tipos de almadraba: de tiro, de monteleva, de buche y de sedal, aunque en esta última coinciden en que se trata de un arte menor como la almadrabilla y la jábega o arte real. La más antigua, empleada hasta el siglo XVIII, es la de vista o de tiro. En este sistema, un vigía designado como el thynnoscopos en las fuentes clásicas y atalaya en las obras modernas, se sitúa en lugares estratégicos elevados junto a la costa para avisar de la llegada de los peces. Avistado el cardumen, las barcas se colocaban con las redes en el lugar indicado y, tras la captura de los ejemplares, las llevaban a tierra, y se sacaban arrastrándolas desde la costa a brazo o con la ayuda de animales de tiro, donde se remataban a golpes. Hay indicios de que ya fueron utilizadas en tiempos del Imperio Romano.

El segundo tipo es la almadraba de monteleva o de monte y leva donde, al contrario que en la anterior, los aparejos están fijos al fondo marino y a tierra firme mediante anclas o mascaranas. Por lo general, las almadrabas de monteleva eran de paso, estaban servidas por siete barcas y se solían armar con el inicio de la temporada, al término de la cual se recogían. Sin embargo, las almadrabas de este tipo empleadas en las costas alicantinas se montaban y desmontaban cada jornada, por lo que debían ser de dimensiones reducidas. Cuenta Manuel Oliver Narbona que tenían un dicho los viejos arráeces o capitanes de almadrabas de Tabarca, Villajoyosa y Benidorm: «la almadraba de monte y leva, por la mañana se monta y por la tarde se leva». Tenían una embarcación siempre en el mar llamada vigilante, que era la encargada de avisar mediante banderas de la presencia de atunes en las redes. Al aviso, salían desde la playa las embarcaciones a efectuar la captura de la pesca encerrada. Este tipo de almadraba fue la que inicialmente se utilizó en Nueva Tabarca, y que Alejandro Ramos Folqués erróneamente sitúa «en el mar que media entre la isla y La Galera», pues en esa ubicación apenas hay espacio físico para que pasaran los atunes.

Maqueta de la almadraba de Tabarca. Autor: Pascual Chacopino Ruso.
Fotos: Vilamuseu. Ayuntamiento de Villajoyosa.

La almadraba de copo o de buche es la más compleja. Ya en 1817 eran almadrabas de buche las que se calaban en Benidorm, Villajoyosa, Calpe, Tabarca, Alicante y Aguamarga. Desde 1828, contaban con legislación propia, llegándose a prohibir en 1837 tras diversos pleitos con pescadores de la zona, restableciéndose a partir de 1844 por Real Decreto. Se debía guardar escrupulosamente la veda de todo tipo de pesca a dos millas del calamento (1 milla marina o milla náutica = 1852 m), lo que motivaría numerosos conflictos.

Cuenta con una parte fija o cuadro y unas redes móviles con las que se obliga a los atunes a entrar en la almadraba. Se fija a tierra mediante la rabera de dentro o de tierra, una red cuya longitud varía en función de la distancia a la que se arme la almadraba, y que en el caso de Tabarca variaba entre un kilómetro y una milla. Hacia mar adentro se coloca otra red, la rabera de fuera, gracias a la cual se empuja a los peces a la boca del cuadro. El atún choca con la rabera de tierra y sigue esa pared vertical de redes hasta desembocar en el cuadro y la boca de la almadraba. En caso de no entrar, irá encontrándose con las redes legítima y contralegítima, cuyo objetivo es hacerle desistir de su huida y obligarle a retornar a la boca. Si el atún incluso así las evitara, tropezaría con el nuevo muro que presenta la rabera de fuera, que por su longitud inducirá al atún a regresar hacia el cuadro. Éste, situado en paralelo a la línea de costa, es la parte central de la instalación y está formado por tres o cuatro espacios consecutivos, la cámara, el buche y el bordonal, por los que pasan los peces hasta que llegan al copo, la zona final que emplea redes en el fondo, de malla progresivamente más tupida: matador, safina clara y safina espesa. Los peces se van concentrando en la cámara y, cuando hay una cantidad suficiente, se procede al ahorro, es decir, a pasar a los atunes al copo. A continuación, el arráez da la señal y desde las barcas, que se han ido colocando alrededor del copo, se tira de las redes, teniendo lugar así la levantada. De este modo, se acercan los atunes a la superficie y los almadraberos situados en las barcas, a veces con una pierna fuera y otra dentro, van capturando los ejemplares mediante ganchos especiales, pasados por la muñeca, y bicheros, aprovechando los coletazos que dan los atunes cuando se sienten heridos para subirlos a las barcas. Por lo general, se solían hacer dos levantadas cada jornada. A veces, era necesario darles con una maza para rematarlos, aunque esto sólo lo hacían estando el pez embarcado, ya que era conveniente servirse de sus movimientos para izarlo.

Los copejadores, especialistas en la captura del atún, situados en tres embarcaciones emplazadas en el copo, se preparan con sus garfios, berres o cloques, para cuando pasen los atunes al lado de las embarcaciones, propinarles un golpe e izarlos a bordo. Esta operación es muy delicada, pues los atunes poseen una enorme fuerza en la cola, y exige una gran especialización a fin de evitar ser heridos. Los copejadores reciben el nombre de atracador, montador y arrachador, según la posición que ocupan en la regala o parte superior de la borda. El primero debe interceptar el atún con un certero golpe, el montador auxilia al atracador con un nuevo golpe en el cuerpo del atún, comenzando a izarlo, y el arrachador lo empuja a bordo con un quiebro de cintura evitando el golpe de la cola. Para efectuar estos movimientos se ayudan de los vientos, cuerdas o cables de los palos de la embarcación.

Situación aproximada de la almadraba de Tabarca. Foto: Google Earth.

Manuel Oliver Narbona, en su libro Almadrabas de la costa alicantina (1982), recoge multitud de datos sobre la de Tabarca. Eran los materiales: cables, unos 32.000 m de diverso calibre; redes, unos 18.000 kg de abacá, una planta herbácea cuya fibra es conocida como «cáñamo de Manila», para el cuadro, y unos 8.000 kg de cáñamo para el copo; corcho, 18 tm de corcho nuevo y 14 tm de usado; y anclas, unas noventa y cinco, totalizando 62 tm, tamaños de 20 a 1.000 kg. Las redes las tejían en la isla unas doce o quince muje­res a lo largo de todo el año. El valor del arte superaría al cambio actual los 120.000 euros.

Era una almadraba pura de copo y adoptaba las dos posturas, de paso y de retorno. Los almacenes estaban en el centro de la playa central y, además, había una casita dando al lugar don­de se ponía la almadraba frente a La Galera. Trabajaban treinta almadraberos, todos de la isla, que recibían el sueldo y el tanto por ciento de las capturas. Para observarlas, usaban el procedimiento de introducir un tubo en el agua. Las capturas al principio las llevaban a la pescadería donde se subastaban; posteriormente, las trabajaba Lloret y Llinares, propietaria de la almadraba, aunque también podían llevarse a la Lonja. El traslado lo hacían en la época más reciente con barcas de vapor, y eran famosas las bautizadas Pajarito e Isleño.

Para darnos una idea de las capturas: atún, lo había hasta de 300 kg, se cogía todo el año, aunque desde septiembre era más pequeño; melva, llegaba a cogerse doce o catorce mil piezas en una levantada, principalmente, de mayo a octubre, hasta de 3 kg por pieza; bacoreta, podía llegar a pesar hasta 7 kg; bonito, de hasta 4 kg, sobre todo, en marzo, abril y mayo; emperador, de hasta 200 kg; marrajo, de unos 300 kg; lecha, hasta de 20 kg; sardina y otros peces menores. En junio y julio podían hacerse capturas de hasta 40 tm, recordándose levantadas con tales capturas que en tres días conseguían unas 80 tm.


La almadraba Isla de Tabarca. Historia y testimonio 

La almadraba de Tabarca ya aparece documentada en el siglo XVIII como «almadraba de los Farallones». Se calaba desde 1770 frente al islote de La Galera, en la división de los arrecifes, a una milla mar adentro en dirección sureste. En 1791, Sáñez Reguart señala que inicialmente la almadraba tabarquina era del tipo de monte y leva, y era trabajada por veinticinco pescadores y dos oficiales, marineros de Villajoyosa y Benidorm. Pero con el tiempo, fueron incorporándose los isleños, hasta ser la totalidad trabajadores tabarquinos, momento en que se cambió a la modalidad de almadraba de copo. Por falta de agua y salinas en la isla, la pesca se trasladaba íntegramente al continente.

Rafael Viravens y Pastor (1836-1908) señalaba, en su Crónica de la muy ilustre y siempre fiel ciudad de Alicante de 1876, que la almadraba de Tabarca se calaba entre la isla y el islote de La Galera, erróneo como hemos observado antes, ya que Ramos Folqués con toda probabilidad tomó el dato de Viravens, y que «la pesca de atunes con almadraba es la más abundante que se conoce en las costas alicantinas», aunque su ocaso comenzó, dice, en torno a 1824 debido a «los complicados trámites para calar las almadrabas, el elevado precio de la sal y el costo de los arrastres». Hoy día aún se conservan restos de aquella actividad, ya que la toponimia nos sitúa frente a La Galera el nombre de «caseta de la Almadraba o de cala Rata», donde posiblemente se guardarían las anclas más pequeñas y algunos otros instrumentos de segundo orden, dado que las redes y las anclas más grandes se recogían en el almacén que se ubicaba en el istmo de la isla, y que actualmente ocupa el Museo Nueva Tabarca.

El funcionamiento de la almadraba Isla de Tabarca durante la primera mitad del siglo XIX queda constatado en un documento del Archivo de Marina «Álvaro de Bazán», el cual revela su pertenencia al «Gremio de Pescadores de Sant Jaume» de Alicante, así como que en 1831 se concedía su explotación a Miguel Orts, de Benidorm. Gracias al estudio que Carlos Llorca Baus hace del Libro de Gastos de la Almadraba de Tabarca 1898-1915, propiedad de los hermanos Pedro Miguel y José Lloret, sabemos que en 1898 pasó a manos de la sociedad vilera Lloret y Llinares, que hizo una fuerte inversión inicial provocando importantes pérdidas los dos primeros años de explotación. Los beneficios aparecieron a partir del tercero, y encontraron su máxima expresión en 1913. Al año siguiente, la compra de materiales de almadrabas próximas ocasionó pérdidas relativas que marcaron el inicio de la disolución de esta sociedad que, compuesta por más de treinta accionistas, repartía pocos dividendos.

Grupo de trabajadores del almacén de Lloret y Llinares, en la calle Churruca
de Alicante (años 40). Archivo Armando Parodi Lledó.

Antoni Mas i Miralles recogió numerosos testimonios orales de antiguos pescadores de la almadraba tabarquina, así como de sus familias, que iré citando literalmente tal como el autor las transcribe, intercalándolas para ilustrar así la vida cotidiana de los almadraberos. En entrevistas, realizadas respectivamente en agosto de 1990 y diciembre de 1988, a Josefa Pérez Ruso y Estanislao Ruso Quesada, recordaban:
La primera almadrava va anar a Calp, i de Calp la van portar aquí. La primera madrava la va calar el tio Collonet que vivia en la casa del Governador. M’agüelo treballava en el tio Collonet. Después se la va vendre a Lloret i Linares d’Alacant. Entonces van fer la magatzem de l’almadrava pa fer conserva. Tota la família meua fea sàrsia pa l’almadrava. Jo des dels onze anys hasta que se la van endur, cinquanta-tres anys, he treballat fen sarsia.

[...]

Això era una societat de «Lloret y Linares». Al mori-se l’agüelo van començar a reparti-se. Mon pare va anar més de quaranta anys, ell era el capità i l’arraig. Pescaven: melva, bonitol, tonyina, peix gros, sardina, boga, sorell i peix d’eixe.
En 1914 se otorgaba de nuevo a Felipe Llinares Pérez la concesión de la almadraba Isla de Tabarca durante un período de cincuenta años. Según Carlos Llorca, constaba entonces de una rabera de tierra que partía desde el islote de La Galera y tenía una longitud de 1.000 m hasta llegar al cuadro o, lo que es lo mismo, en el rico vocabulario almadrabero, 8 amarres. Se calaba el copo a 34 m de profundidad, esto es de 18 a 19 brazas. Las dimensiones del cuadro eran 49 canas hasta el buche (1 cana = 1,80 m) y 47 canas hasta el final de la cámara. La almadraba de Tabarca carecía de bordonal, que se utilizaba en las grandes almadrabas para tener a resguardo el atún cuando se concentran varios millares en el cuadro. Los endiches o bocas de la almadraba medían 18 canas el endiche grande situado a Levante, por 15 canas el endiche chico orientado a Garbí, viento del suroeste.

Instalaciones de tierra de la almadraba de Tabarca (años 50).
Archivo M.ª Carmen Luchoro Pianelo.

Entre 1916 y 1919 no se utilizó la almadraba, pero hasta 1924 no consta interés del Director General de Pesca por los motivos por los que no se caló, y el concesionario se justificó por la declaración de la Guerra Europea. No obstante, al parecer, el atún se siguió pescando por medio de la modalidad de pesca con vara, ya que así lo describe Felipe Manzanaro Ruso en su entrevista con Antoni Mas en julio de 1990, según su transcripción literal:
Allí se criava el sorellet. Agarràvem unes boies i anàvem a les Salines i embarcàvem rams de pins, i calàvem dotze o catorze boies, i a unes 8 braces dexàvem el ram i se poblava de sorellet menut. Entonces, traíem el sorellet de la pana.

El llaüt tenia un escalament de 20 a 25 braces. Traíem el ram que s’havia poblat de sorellet i en dexaven un atre per a que se’n fera més. Issàven el ram a unes 8 braces, que és lo que poem vore amb la vista, veíem el sorellet i entonces issàvem la vela i a poc a poc mo n’anàvem a passejar pel canal. I quan venien les tonyines que tenien fam, mosatros ho sabíem perque el sorellet venia a amagar-se baix de l’embarcació.

Si no havia vent, tiràvem en rems i dexàvem el ram a uns pams pa que les tonyines se menjaren el sorellet. Quan ja havien menjat, les pescàvem en una verga de mangraner i una ença i en un ham de piano. Quan les tonyines estaven encarnissaes, garràvem el sorellet en un salobre, el posàvem, en l’ham i a pescar tonyines. Això era la gambalà. Hasta a últims de julio que el sorellet ja estava gros i fugia i les tonyines no passaven ja.
La almadraba y los almadraberos son una fuente inagotable de anécdotas. Un ejemplo lo encontramos en la entrevista que tuve la ocasión de mantener con José Manzanaro Ruso, hermano del mencionado Felipe, en julio de 2012, en su modesta vivienda del barrio alicantino de San Gabriel, rodeado de redes a cuya fabricación artesanal se dedica. Me contaba que tanto a él, como a su hermano, a su padre Felipe Manzanaro Manzanaro, «El Moreno», y a su abuelo, todos almadraberos tabarquinos, se les apoda «El Chucho», porque el abuelo Manzanaro tenía por costumbre darle a su perro una cesta con la parte de la pesca del día que le correspondía, para que, colgada de su boca, se la llevara a casa, pues, dado el genio que tenía, nadie se arriesgaba a intentar quitársela.

Pues bien, el abuelo de José Manzanaro ideó un arte de pesca consistente en un cordel que se unía al extremo más alejado de la red de cerco, a fin de que si ésta se rompía se pudiera recuperar sin perder la pesca, arte al que bautizó, cómo no, «chucho», denominación que se mantiene hoy en día. Así se explica fácilmente que pasara de generación en generación dicho mote, y es que habría material para escribir un libro sólo con investigar los orígenes del apodo que todo tabarquino siempre ha tenido y se honra de tener.

Foto: Francisco Sánchez (AMA).

Hecho este paréntesis y volviendo a la reseña histórica, en 1920, la almadraba Isla de Tabarca capturó 25.000 kg de atún, caballa, bonito y melva. Estaba compuesta por un arráez, un sotarráez o ayudante del capitán, veintisiete marineros y siete patrones de barco. Estanislao Ruso así lo expresaba, transcrito literal de su entrevista por Antoni Mas:
Mon pare anava de capità, de l’arraig, que és el patró de la barca. Aixó de l’arraig és moro. Anaven trenta persones, l’arraig, el segon, el tercer... Ara ja no se pesca. Se calava el mes de setiembre hasta el mes de Sant Pere, Juny.
En 1921 se aprobaba el Reglamento para la Pesca con el Arte de Almadrabas en que se establecía que las concesiones se adjudicarían por veinte años improrrogables, si bien sabemos que esta almadraba fue explotada, primero, por Felipe Llinares y, a continuación, por sus herederos, ya que se renovó la concesión en 1939 y en 1943 de forma provisional a los descendientes. En este reglamento, además, se establecen las épocas de calamento: de paso, de 1 de febrero a 30 de junio, y de retorno, de 20 de junio a 30 de octubre.

Mascaranas de la almadraba de Tabarca (1958). Foto: Eugenio Bañón (AMA).

A principios de los años veinte, la almadraba Isla de Tabarca era, según Rodríguez Santamaría, muy barata, sencilla y pequeña. La descripción, calamento y funcionamiento de la misma lo encontramos en la mencionada entrevista a Estanislao Ruso, así como en la igualmente realizada y transcrita literal por Antoni Mas, en julio de 1990, a Manuel Chacopino Ibáñez y, en la ya conocida, a Felipe Manzanaro, respectivamente:
Aixó era la rabera, aquí anava un penjal, un altre penjal, es penjals. El cop arreplegaba el peix. Al bordonal va la tonyina i después passa a un puesto que se diu la cambra. Quan passa tot el peix a la mamparra, después se tanca. Quan entrava tot el peix, com era una embarcació gran i havien vinticinc hòmens, mon pare avisava i tancaven. Entonces anaven a poquet a poquet, aquí havia una barca, anava arrimant-lo, arrimant-lo hasta que venia el peix aquí i el tiraven dins de la embarcació.

[...]

De la Galera hasta fora, hasta 1000 metros, axò era la cua. Después venia el quadro, un puesto que dien l’anditxe, era per on passaven les tonyines pa arribar al cop. Allí havia una barca, que era el bateo, i el capità enmig i una atra que era la fragata. S’encarsellava de llevant i quan arribava al cap, dia isa, i tiraven de les cordes.

Primer plegaven una sàrsia més fina que era el cop, después venia una sàrsia con el dit de grossa que era el mataor, i ahí anaven les tonyines. Havien tres o quatre hómens que des d’unes embarcacions i en ganxos s’agarraven dels aparejos i tiraven dins de la barca. A voltes en mataven cinc-cents o siscents. Pescaven també melves i pex menut en la sàrsia que tenia un cel molt finet. També estaven les àncores. Havia una àncora gariquenya que guantava la cua i cinquanta o seixanta més pa aguantar les atres parts de la cua. Se’n gastaven més de cent àncores.

[...]

Mosatros anaven diari a replegar tonyines. Mos alçàvem a la una del mati, si era fosca, que no havia lluna. Encenien unes làmpares que anaven a carburo i en aplegar fora, foc a les làmpares. Entonces l’arraig de l’almadrava sobre lo que veïa, si eren tonyines o si era pex menut, melva, alatxa, cavalla o sardina, manava un treball o un altre. Quan arribaven al cop conduïts per la llum, mosatros alçàvem el cop, a uns 14 o 15 metros, apagaven les llums i entonces ens encarregàvem els colpejaors de traure el pex en canastes. En terra havia un guàrdia i l’arraig li dia que avisara la gent a la una, o si no havia lluna que avisara a les set del matí. Entonces anava casa en casa i mos avisava. Mosatros abaxàvem i mo n’anaven. Anàvem en bots bogant hasta 1’almadrava. Mos portaven una barceta d’espart en 1’esmorzar, per si havia faena, menjàvem. Si exíem a les set del matí, a la una estàvem en terra. En terra teníem treball. Les sàrsies que teníem escampaes en la platja havia que espolsa-les perque tenien molt de llimac, i si no havia que remenda-les, hasta que estigueren ben seques que les replegàvem i les guardàvem en el magatzem. I ja estaven preparaes per a fer un recanvi.
Los datos estadísticos conocidos inmediatamente anteriores a la Guerra Civil se corresponden a los años 1924, 1933 y 1934, en los que se observa una disminución de personal, aunque se mantienen estables los valores de captura en peso. La almadraba siguió funcionando durante la contienda, siendo confiscada por el Ayuntamiento de Alicante con la intención de mantener este recurso alimentario. En el último año de la guerra fue militarizada por la aviación, a fin de evitar que su personal fuera destinado al frente.

Embarcaciones de la almadraba de Tabarca (años 50).
Archivo M.ª Carmen Luchoro Pianelo.

Existe mayor abundancia de datos referidos al periodo en que operó la almadraba después de la guerra, entre 1939 y 1960, a través de los Impresos de Estadística de Pesca que anualmente recogía la Ayudantía Militar de Santa Pola y de la Estadística de Pesca de la Dirección General de Pesca Marítima. Dejó de funcionar únicamente los años 1957 y 1959. Los períodos de calamento generalmente englobaban del 1 de febrero al 30 de octubre. Su ubicación exacta se recoge en un informe que la Comandancia de Marina de Alicante envía al Instituto Hidrográfico, con el fin de aclarar que no implica un peligro para la navegación de la zona. Las embarcaciones a motor eran una o dos, y de vela y remo entre seis y ocho. El personal de flota entre veinticuatro y treinta, y de tierra, uno o dos. Como datos anecdóticos, cabe dejar constancia de la presencia de una mujer trabajando en la almadraba en 1939, 1951 y 1952, así como de dos niños en 1951 y 1952.

Se observa claramente un máximo apogeo en los años 1946 y 1947 y un evidente declive desde 1948. En 1946, año en que el total del peso del atún capturado consigue su máximo, coincide con la solicitud que los concesionarios de la almadraba presentaron a la Junta de Pesca del Distrito de Santa Pola, con la intención de prorrogar quince días más el calamento, seguramente, a causa del éxito de las capturas. Además, en 1947, año en que más piezas se capturaron, la memoria que acompaña al Proyecto de Puerto de Refugio en la isla de Tabarca resalta la importancia que la almadraba tenía en este período, ya que calaba más de seis meses el año, y la isla tenía una factoría donde se secaba y salaba el atún para posteriormente trasladarlo a Alicante o Santa Pola, atunes que cada día se pescaban a centenares e incluso a millares. Las dificultades que las embarcaciones de la almadraba encontraban, sobre todo cuando el tiempo era desfavorable para la operación de desembarco, llegaban a ser peligrosas para los pescadores, siendo ésta una de las razones en que se apoyaba la memoria para justificar la construcción de obras de ingeniería portuaria en la isla.

«Levantada» de almadraba (1950).

Probablemente, los años cuarenta fueron extraordinarios para los pescadores de la isla, incluso cabría decir que en estos años se llegó a la sobreexplotación de los recursos marinos. En 1947, la flota pesquera de Nueva Tabarca se aproximaba al centenar de embarcaciones de pequeño tamaño, que a remo o a vela capturaban el pescado de los alrededores de la isla. Como un hecho curioso, un vecino de la isla, Salvador Manzanaro Cardona, solicitaba a la Junta de Pesca del Distrito de Santa Pola la autorización para calar una moruna, sistema de redes desmontable de menor tamaño que la almadraba, en el islote de La Nao en los meses de mayo y junio. La Junta accedió, ya que no entorpecía la navegación ni el calamento de las otras artes de pesca, incluida la almadraba, que tenía su punto más próximo a media milla. Es de resaltar que eligiera este enclave, próximo al lugar que hoy día constituye la reserva integral de la Reserva Marina Isla de Nueva Tabarca.

En 1948 la almadraba trabajó del 1 de diciembre (de 1947) al 30 de octubre. Estaba valorada en 300.000 pesetas. Incluía dos motoras y dos veleros. Sus veintinueve pescadores percibían unos salarios por un total de 96.980 pesetas. Pero se iniciaba una crisis. Ya en 1953 la flota constaba de diez embarcaciones valoradas en 170.000 pesetas, sus veintinueve trabajadores de a bordo y el trabajador de tierra cobraban unos salarios de 95.516 pesetas, y las capturas ascendían a 40.700 kg. Una disminución evidente tanto en peso como en número de piezas capturadas, obviamente, comportó una reducción de los beneficios, que incluso llegó a provocar que no se calara los citados años 1957 y 1959. Las actas de la Junta de Distrito de Santa Pola confirman que la escasez de las capturas fue la causa que propició este hecho.

«Levantada» de almadraba (1949).

Llegado 1959, la almadraba, casi en desuso, era la única superviviente de toda la costa alicantina, todavía de paso y retorno, y dejaría definitivamente de funcionar tras la temporada de 1960, con unos resultados muy pobres: 284 piezas de atún, con un peso total de 10.246 kg y un valor en fresco de tan sólo 250.690 pesetas, muy inferior a las cerca de 800.000 pesetas conseguidas a mediados de la década de los cuarenta, época de máximo esplendor. Cuenta Manuel Chacopino, en su citada entrevista, transcrita literal de Antoni Mas:
Allí anaven al jornal. El primer any que vaig anar, guanyava deu pessetes. Después que se les van llevar, guanyava una misèria. Axò era de Lloret i Linares. Se van portar bé en els de Tabarca. Però ja no els interessava i se’n van anar. Eren trenta tios allí i se matava ja poc. En Junio o Julio se matava tonyina però endespués ja no se fea res. Ha-hi moltes trainyes i se matava poc pex.

Entre la historia y la leyenda

En lugares tan singulares como Nueva Tabarca, no es extraño encontrar leyendas de transmisión popular, a veces basadas remotamente en acontecimientos reales, generalmente no contrastados lo suficiente como para demostrar su veracidad; pero, otras veces, son esos hechos reales, documentados, a los que una carga de romanticismo convierte en leyendas.

Un conocido ejemplo es la célebre historia del llop marí que da nombre a la conocida cueva tabarquina que recorre un centenar de metros de las entrañas de la isla, inundada por el mar. Se cuenta que, a finales del siglo XIX, la gruta recibió la visita de dos «lobos marinos», denominación popular de la foca monje del Mediterráneo, debido al peculiar y potente sonido que emiten. Allí se cobijaron, puesto que la hembra estaba a punto de parir. Pero los tabarquinos, que ya habían tenido malas experiencias anteriores con estos mamíferos, hoy en peligro de extinción, lo consideraron una amenaza, pues destruían las redes y espantaban la pesca. Una noche, intentaron atrapar a la pareja y el miedo precipitó el parto de la hembra, cuya cría nació muerta, pereciendo al poco tiempo los dos adultos, a pocos días uno del otro.

Último equipo de almadraberos de Tabarca (años 50).
Archivo M.ª Carmen Luchoro Pianelo.

Este hecho se lo contaba la madre de José Manzanaro a sus hijos, según recordaba éste en la entrevista que pude compartir con él, añadiendo que les decía que un olor insoportable a descomposición se percibió durante semanas en la zona habitada de la isla. Hasta aquí lo que parece ser que sucedió. Pero el tiempo añade romanticismo a la historia, de modo que se dice que el cadáver del macho, último que murió, está aún en las profundidades, y las noches de luna llena resucita, y en la gruta lanza aullidos lastimeros que se escuchan desde la misma Santa Pola. Hay un sinfín de interpretaciones, cuentos y leyendas relacionados con ello.

José Manzanaro me contaba igualmente grandes historias de su abuelo, como la de que en una ocasión, pescando con un compañero calamar con potera (señuelo con anzuelos) en aguas de la isla, desde una barca de apenas tres metros de eslora (longitud de proa a popa), vieron una mancha enorme de color blanco que ascendía por debajo de la embarcación, saliendo al costado de ésta una ballena de grandes proporciones, a lo cual reaccionaron con lógico pánico tirando la pesca al agua, lo que la hizo desaparecer momentáneamente, ya que algo más tarde les estuvo rondando durante horas impidiéndoles navegar hacia la isla, de forma que refería que estuvo una semana a base de tilas. Bien hubiera dado de sí para recrear una gran quimera.

Almadraberos de Tabarca (AMA).

En cuanto a los hechos documentados, la búsqueda de noticias en la prensa escrita sobre la almadraba de Tabarca resulta muy laboriosa, y arroja datos irregularmente esparcidos en el tiempo, en ocasiones contradictorios, y de lo más variopinto. Veamos algunas para así acercarnos a la realidad menos conocida de este oficio, y comprobaremos que, en ocasiones, también nos adentramos en lo legendario o en lo novelesco.

Para empezar, nos encontramos con la noticia, publicada en la página 4 del 4 de febrero de 1865 en La España, que habla de la lucha de un «cetáceo» con pescadores de Tabarca entre los días 26 y 28 de enero, destrozando redes sin que quede constancia de que fuera capturado. Cabe pensar que podríamos estar hablando de la ballena que tal susto le dio al abuelo de José Manzanaro, pero no parece que fuera así, a tenor de posteriores noticias similares.

La España, 4 de febrero de 1865, p. 4.

Está mucho más documentada la captura de un animal de características semejantes, en la noticia aparecida en numerosos medios de la época, locales y nacionales (El Constitucional, página 3 del 21 de marzo; El Graduador, página 3 del 22 de marzo; Diario de San Sebastián, página 3 del 24 de marzo), que hablan de que, el 20 de marzo de 1879, un laúd (llaüt, velero de pesca) de Nueva Tabarca desembarcó por la mañana en el muelle de costa de nuestro puerto lo que calificaba de «pez monstruoso», y concretaba que se trataba de una lamia (en otras publicaciones llamia), pez de la familia de los tiburones, que pesó unas 80 arrobas (una arroba equivalía a unos 11,5 kg). Tenía cerca de 3 m de largo por 80 cm de ancho, «el cuerpo era cilíndrico y la boca espantosa, armada con una doble hilera de dientes de 1,5 cm de largo, afilados como si fuesen lancetas». Su hígado pesaba 8 arrobas, y se le extrajeron del vientre dos peces de 2 arrobas cada uno. Fue cogido en la almadraba de la isla y parece ser que fue adquirido para llevarlo a Madrid.

El Constitucional, 21 de marzo de 1879, p. 3.

El 18 de noviembre de 1887, la historia se repetía. Según consta en la página 2 del 19 de noviembre de El Liberal, durante la noche los pescadores de la almadraba notaron extraños movimientos y bruscos tirones en las redes, y su experiencia les aconsejó dejar que fuera lo que fuera se enredara en ellas, pues no era propio de un atún, ni siquiera de grandes dimensiones. Así envuelta la presa entre las redes, hicieron camino hacia tierra, y ya de mañana llegaron al muelle de costa de la capital, descubriendo entonces que lo que traían era un enorme pez de cerca de 3 m de longitud y un peso de 25 arrobas. Se describe con «una cabeza relativamente pequeña al tamaño de su cuerpo, así como los ojos respecto a la cabeza, su boca está bien armada de dientes, como de una pulgada de largos en forma de saeta y bien afilados y finos, a los lados tiene dos aletones y otro más pequeño en el dorso, su piel es lisa y sin escamas, la redondez de su cuerpo es casi tan grande como su longitud». Los pescadores le daban nuevamente el nombre de lamia y, según ellos, su carne era de escasa utilidad para el consumo, así que se tomó la decisión de disecarlo, lo que se encomendó al taxidermista ilicitano Vicente Bañón. Una vez abierto, «dentro de su estómago se han encontrado dos cabezas de atún aún intactas y gran porción de carne que sería indudablemente de los atunes a quienes pertenecerían aquellas cabezas». Fue expuesto en los Baños de Diana, el célebre balneario situado en la alicantina playa del Postiguet.

El Liberal, 19 de noviembre de 1887, p. 2.

Hay que avanzar sesenta años, para encontrarnos el más enorme monstruo marino que recogen las crónicas, con la noticia que salta a la primera página y continúa en la 5 del Diario Información de Alicante, con fecha 11 de agosto de 1946, y reseñas en la prensa nacional (ABC, página 34 del 11 de agosto; La Vanguardia, página 4 del 11 de agosto), con el titular «Monstruo marino capturado en Tabarca», muy bien documentada incluso con testimonio fotográfico de Francisco Sánchez, una de cuyas fotos acompaña la noticia. Merece la pena transcribir su texto íntegro:
En la almadraba de la isla de Tabarca, de «Lloret Llinares y Compañía», fue capturado ayer mañana un monstruo marino, de la especie llamada entre los pescadores tabarqueños con el nombre de «llamia». El espléndido ejemplar penetró en la almadraba a las ocho de la mañana, en persecución de un bando de atunes. Fue muerto después de ponerlo casi en seco, y la pontona que en aquella isla tiene destacada la Junta del Puerto para las obras del refugio que allí se realizan izó la formidable «pesca» a la motora auxiliar de la almadraba, que la condujo a nuestro puerto a mediodía.

Alrededor de cuarenta hombres intervinieron en las operaciones de desembarco del enorme pez. Su peso arrojó la extraordinaria cifra de 1.790 kilos, y sus dimensiones eran de seis metros de largo por dos y medio de diámetro en la parte más ancha. Después de haber sido admirado por numerosos curiosos atraídos en cuanto circuló en el puerto la noticia, y como dicho pez es comestible fue descuartizado, adquiriéndolo completo Vicente Enrique, que pagó por él 1.200 pesetas.

La Vanguardia, 11 de agosto de 1946, p. 4.

Se le encontró al extraordinario animal en el vientre un atún de 40 kilos de peso. Dicho atún presentaba dos mordiscos, uno en la parte de la cola y otro en la cabeza, habiendo sido tragado entero por la «llamia». Su captura fue muy difícil dentro de la almadraba, cuando ya el animal había averiado grandes trozos en la red. Como detalle curioso citaremos que el hígado, pesado aparte, dio en la báscula 300 kilos y que, de haber habido un sistema apropiado de instalación industrial prensadora, como en las factorías especializadas, dicho hígado hubiese proporcionado alrededor de 100 litros de aceite. Un barril completo... Viejos pescadores del puerto nos manifestaron que desde hace veinte años no se ha visto en Alicante una captura accidental de semejante tamaño.
Por lo visto no hubo reflejo en prensa de tan extraordinaria captura en los años veinte, pero lo que queda evidente, a la vista de la descripción escrita y las más que demostrativas fotografías de Paco Sánchez, es que «llamia» no es más que la denominación en el argot marinero valenciano del tiburón blanco, también denominado jaquetón en nuestras aguas.

Tiburón blanco o llamia capturado en la almadraba de Tabarca
el 10 de agosto de 1946. Fotos: Francisco Sánchez (AMA).

De mediados de esta misma década de los cuarenta, me permito recuperar el testimonio de un entonces adolescente Armando Parodi Lledó, mi padre. Cuenta en sus memorias que mi abuelo, Bartolomé Parodi Ruso, tabarquino de nacimiento y encargado del almacén que Lloret y Llinares tenía en la alicantina calle Churruca, en concreto donde hoy se sitúan unos conocidos grandes almacenes, había obtenido permiso del administrador de mar, un tal Aveño Barber, para que acompañado de sus explicaciones pudiera vivir en primera persona la pesca en la almadraba. Estos son los recuerdos que quedaron grabados en su memoria:
Muy pronto, al amanecer, salimos de tierra hacia donde estaba el «bol», siguiendo la red que atada a tierra se adentraba como un kilómetro, al final del cual estaba esta bolsa con un fondo cerrado y una apertura, de forma que flotaban unos corchos grandes de los que pendían unas cuerdas entrelazadas en la red, para que al tirar de los corchos cerrase el bol y lo que hubiese en la bolsa no pudiese salir. Hay que decir que en el caso del atún, como en la mayoría de las manadas, van guiadas por uno en cabeza. Venían los peces de fuera y se adentraban en el kilómetro de red, siguiendo ésta de tierra a dentro, y al final estaba la apertura referida. Si el «cabecilla» se metía en la bolsa, todos entraban como locos, pero si daba la vuelta, no entraba ni uno.

Situados en pequeñas barcas el capitán de la almadraba y los marinos, dentro del diámetro del bol, que tendría aproximadamente de 100 a 150 metros, y mirando con unos cajones cuyo fondo era de cristal, echaban hígados de peces y enseguida aparecía la morralla. Y era curioso, si no había entrado el atún, la morralla se zampaba la carnada en un santiamén, pero si había atún, igual que llegaba, desaparecía como por encanto, y detrás aparecían los atunes. El atún, una vez entra en el bol, siempre va en la misma dirección, y es muy difícil que se salga por la apertura aunque esté abierta. Entonces, el capitán y los marinos iban a los corchos, y tirando de ellos cerraban el bol.

Se situaban dos barcos, uno el de pesca, recogedor de redes, a un lado del bol, y enfrente, al otro lado, una barcaza muy grande donde se echaba el atún. Los pescadores se cogían a una cuerda (maroma de barco) atada en la barcaza, un cabo en proa y el otro en la popa, se sentaban en la borda de babor o estribor, según la situación con el otro barco, con un pie dentro de la barcaza y el otro fuera, o sea dentro del bol. En el barco donde se depositaban las redes, se ponían los pescadores a la borda, y al unísono, cuando venía la ola y el barco se hundía, aprovechaban para recoger red; al pasar la ola, estiraban de la misma y quedaba dentro del barco. Conforme se hacía esta operación, se iba reduciendo el espacio con la barcaza, saliendo el atún y los peces que habían quedado dentro del bol hasta parecer un hervidero, siendo impresionante, ya que el peso de los atunes podía llegar a 200 kilos o más, pues el pequeño y cualquier otro pescado huía según el tamaño del ojo de la red. Los de la barcaza, que llevaban puestos unos garfios atados a la muñeca, pinchaban al atún normalmente en el lomo, y aprovechando el salto que daba al notarse herido, tiraban de él metiéndolo en la barcaza. Había otros pescadores en el lado opuesto que iban seleccionando el atún, lo abrían y le sacaban las huevas, para después prensarlas, salarlas y ponerlas a secar.

Me situaron en la barcaza, no recuerdo si a proa o a popa con el fin de no darme con algún atún, pero no veas cómo terminé, pues por el agujero que les hacían los garfios salía la sangre a borbotones, y con las convulsiones del pescado todos terminábamos ensangrentados. Al final, el pescado vario, que por su tamaño no había escapado de la red, lo recogían en cajas en el barco matriz para su venta o uso propio. Repito: impresionante.

Recuerdo un buen susto, pues sin pensarlo dos veces, y al verme tan manchado, me eché al agua y, casi sin tocarla, el capitán, que iba en una barca más pequeña, me cogió y sacó, viendo seguidamente pasar muy cerca de mí una raya que estimo (no sé si será por el susto) tendría más de un metro de larga y de ancha, con un importante aguijón. Me riñeron como es natural, explicándome el peligro, pues me dijeron que así como los dientes del atún, si te haces alguna herida se infecta enseguida, pero rápidamente se cura, de otros peces, entre ellos la raya, su pinchazo puede ser mortal...
Almadraberos de Tabarca (1948). Archivo M.ª Carmen Luchoro Pianelo.

Para terminar, transcribo otras dos entrevistas con almadraberos de Tabarca, realizadas en este caso por Carlos Llorca, que en esta ocasión las tradujo al castellano. La primera de ellas tiene como protagonista a nuestro conocido Estanislao Ruso, último de una de las más importantes familias de arráeces tabarquinos; la segunda corresponde a Bernardo García Ruso, que trabajó en la almadraba de Tabarca hasta su desaparición:
En la almadraba de Tabarca, trabajábamos en los años 40 un total de veinticinco marineros, incluido el Comando. Para completar la pesca cuando no había muchos atunes, calábamos «sassia sega», una red de malla muy estrecha, en el copo y pescábamos a la «luz».

La época de calar la almadraba varió desde los tiempos de mi padre. Antes comenzaban a calar el 12 de septiembre, pescaban durante todo el invierno y levantaban el copo el día de San Pedro. Posteriormente se varió el calendario, calando la almadraba a partir de marzo y se levantaba el copo el día 1 de noviembre. En invierno nos levantábamos a las cinco de la mañana, embarcábamos y se efectuaban dos levantadas. La primera a las cinco y media y otra al despuntar el sol. Las capturas eran fundamentalmente «bonytol», melva y atún pequeño de 15 a 20 kilos, sin que faltaran piezas de más de 150 kilos. Todo se hacía a remo y con el falucho «llaut» íbamos a vender el pescado a Alicante o a Santa Pola. El atún grande iba todo para Alicante donde se salaba. Aquí sólo nos quedábamos el «bull» y el corazón. La comida a bordo era a base de caldero de pescado y con el caldo hacíamos sopa. Por parte de los marineros cada uno llevaba en su banasta companaje. Para proteger la ropa del agua la tintábamos con aceite, e íbamos descalzos.

Generalmente, los marineros en su mayoría eran de Benidorm, al igual que el arráez, pero poco a poco los tabarquinos fueron reemplazándolos. Recuerdo como arráeces de Benidorm que calaron Tabarca a Quico «El Balazo» y Vicent «El Coent».

Las mujeres de Tabarca hacían «sassia» a la puerta de sus casas, y los trabajadores de la almadraba nos encargábamos de repasar las ya usadas con esparto «restrellat». La piola del 5 se hacía en la isla y la «cordeta» y cabuyería se traía de Villajoyosa. Mi padre estuvo casi cuarenta años en el Comando de la almadraba de Tabarca. Cuando acababa la temporada, íbamos a «la pana» con tresmallo, saliendo a las dos de la madrugada para pescar. En verano íbamos bogando hasta Alicante o Santa Pola para vender el pescado.

Las embarcaciones de la almadraba eran las siguientes: una «fregata» o «testa», un batel o «sacada», una barquilla, cuatro para la mar (de fuera y tierra) y dos para redes y calar.

[...]

La almadraba de la isla era entonces de derecho y comenzábamos a calar en febrero, prolongándose esta tarea durante mes y medio aproximadamente. Pescábamos desde mayo hasta octubre y para Todos los Santos levantábamos la almadraba. Tanto mi padre, Cayetano García Pagés, como mi hermano Vicente han trabajado en la almadraba. En los últimos años de esta pesquera éramos treinta y cinco almadraberos en Tabarca. El arráez en mi época era Miguel Orquín Pérez «Balazo» de Benidorm, siendo el segundo, Pascual Ruso y tercero, Antonio Almiñana Balaguer; este último era también de Benidorm. Después, Miguel marchó a Túnez, pasando a arráez Pascual.

El cuadro de la almadraba lo cambiábamos cada dos meses porque era de esparto y se estropeaba. El copo había que mudarlo cada mes y era de cáñamo; antes de colocarlo debía tintarse con rosca. En el copo, calábamos por la noche una red de malla fina «cielo» y pescábamos sobre todo sardina, melva, «sorell», etc., que recogíamos antes de comenzar la levantada de la almadraba. Llegábamos a hacer hasta tres y cuatro levantadas para la melva. Recuerdo que en una ocasión capturamos mil melvas, y un día de San Pedro encontramos el cuadro lleno de atunes de hasta 300 kilos. Ese día llenamos de atún la explanada del puerto de Alicante, desde el Club de Regatas hasta la Lonja Vieja y se vendió a 3 pesetas la pieza sin cabeza.

En la isla sólo salábamos la hueva de atún, la melva y la tripa, así como el bonito seco, que arreglábamos en la casa de la Almadraba. Esta función correspondía al guardia de tierra, cargo que ocupó primero mi suegro, Pedro Ruso Ruso y posteriormente yo. En invierno me ocupaba de pintar las anclas, sacar el corcho al sol para que se secara, etc. Los paños de red que no estaban muy estropeados los aprovechábamos para la rabera o «cúa», y durante la temporada la embarcación llamada barquilla era la encargada de cambiar el corcho que estaba empapado y lo llevábamos a tierra. Además del corcho, la barquilla iba renovando la red ya usada y empleaba todo el tiempo en estos quehaceres.

Las anclas empleadas para sujetar las distintas partes de la almadraba eran pequeñas (entre 80 y 100 kilos cada una), pero las grandes que se colocaban en los «cantos» requerían para su traslado del esfuerzo conjunto de diez hombres. El corcho que se emplazaba en cada canto se metía en sacos ya que se necesitaba una gran cantidad. El administrador de mar en mi época era Aveño Barber, de Villajoyosa.

Si matábamos mucho pescado se hacía la parte y el capitán cantaba «esa melva para fulanito, aquella para menganito, etc.». Si se trataba de un emperador (pez espada) o un atún lo cortábamos y lo distribuíamos entre todos. Cuando acabó la almadraba de Tabarca, me mandó a llamar el hijo de Miguel, Francisco Orquín Pérez que era arráez en Kenitra, Marruecos, y allí acudí, permaneciendo en aquellas almadrabas hasta que la cosa se puso fea, a comienzos de los setenta.
La Almadraba. Óleo de José Luis Rubio Durá.

En conclusión, decía Sir Henry Wotton (1568-1639), poeta y diplomático inglés, que «la pesca es un descanso para la mente, una alegría para el espíritu, una distracción para la tristeza, un calmante para los pensamientos inquietos, un moderador de pasiones, una fuente de satisfacciones que engendra hábitos de paz y de paciencia en todo aquel que la profesa y la practica». Para los almadraberos tabarquinos era mucho más que todo eso, era una necesidad, era su trabajo, su medio de subsistencia, una lucha contra los elementos, una forma de vida entre la historia y la leyenda.


BIBLIOGRAFÍA
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  • FRÍAS CASTILLEJO, Carolina y MOYA MONTOYA, José Antonio, «La almadraba: una pesquería milenaria a través del documental», III Congreso Internacional de Estudios Históricos, Santa Pola, 2005, pp. 167-182.
  • GARCIA I MAS, Alfred y LEÓN NICOLÁS, José Luis, «L'almadrava Isla de Tabarca», La Rella, 13 (2000), pp. 37-57.
  • GONZÁLEZ ARPIDE, José Luis, Los Tabarquinos. Estudio etnológico de una Comunidad en vías de desaparición, Alicante, Instituto de Estudios Alicantinos, 1981.
  • LENTI, Arturo, Los Pescadores de Tabarca y de Nueva Tabarca, Murcia, Galindo Artes Gráficas, 2003.
  • LLORCA BAUS, Carlos, «Almadraba de Tabarca. La última de la Costa Alicantina», en Estudios sobre la Reserva Marina de la Isla de Tabarca, Madrid, Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación, 1991, pp. 139-153.
  • OLIVER NARBONA, Manuel, Almadrabas de la Costa Alicantina, Alicante, Universidad de Alicante-Caja de Ahorros Provincial de Alicante, 1982.
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  • RAMOS FOLQUÉS, Alejandro, La Isla de Tabarca, Alicante, Excmo. Ayuntamiento de Alicante, 1970.
  • RODRÍGUEZ SANTAMARÍA, Benigno, Diccionario de artes de pesca de España y sus posesiones, Madrid, Sucesoes de Rivadeneyra, 1923.
  • SÁÑEZ REGUART, Antonio, Diccionario histórico de los artes de la pesca nacional, Madrid, Imprenta Viuda de D. Joaquín Ibarra, 1791.
  • VIRAVÉNS I PASTOR, Rafael, Crónica de la muy ilustre y siempre fiel ciudad de Alicante, Alicante, Imprenta de Carratalá y Gadea, 1876.

4 comentarios:

  1. Carta recibida en el buzón de correo electrónico de la Asociación Cultural "Alicante Vivo":

    Queridos amigos de Alicante Vivo:
    Gracias por el excelente trabajo realizado acerca de la Almadraba de Tabarca.
    El que fue Director del Museo Oceanográfico de Mónaco, el Profesor François Doumenge, fue invitado por la Obra Social de la Caja de Ahorros del Mediterráneo, cuando yo dirigía el citado departamento, a dar una serie de conferencias sobre la salud del Mediterráneo, la evolución de la pesca y sus especies. El Profesor Doumenge estaba fascinado con el atún rojo (Cimarrón le llamaba él), y todos los días recibía en su despacho del Oceanográfico, una estadística sobre las capturas. Conocía las almadrabas pero no había visto ninguna y contaba que en Benidorm hubo una que funcionó muy bien. No conocía la de Tabarca pero sí quiso visitar la zona del Mar Menor e incluso le pedimos a un conocido industrial atunero de la zona, que nos llevase a avistar los atunes que tenía en su granja de atunes.
    Repito, gracias por la excelente labor realizada.
    Saludos cordiales.
    Dr. Juan Navarro Balsalobre

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  2. Sr. Armando Parodi. Enhorabuena por su gran trabajo y gran amor por Nueva Tabarca. Soy Felio Lozano Quijada, creo que no nos conocemos. Llevo 15 años trabajando en la reserva marina de la isla como coordinador. Muchas de las fotos que aparecen el su artículo sobre la r.m., de la SGM son mías, a parte de mucha de la información se ha obtenido de alguno de mis trabajos. Genial pues. No se si conocerá mi trabajo cartográfico sobre la isla y sus fondos marinos, con estilo clásico, plano de metro y medio, que se editó para las Jornadas del 25 aniversario. Creo que podríamos compartir muchas inquietudes, preguntas, y trabajos. Tengo gran amistad y trabajamos en paralelo, con D. José Manuel Pérez Burgos, directro del museo Nueva Tabarca. Hemos organizado para el próximo mes de abril, en la isla, unas jornadas con numerosos ponentes, a través de la U. de Alicante, sobre el patrimonio multidisciplinar de Nueva Tabarca, del que somos grandes admiradores y defensores, y que sabemos cuantísimo queda por sacar a la luz, valorar y proteger de buena forma. Si le interesa la información de las jornadas, puedo enviarle el díptico en pdf. Mi correo electrónico es flozano@tragsa.es o feliete@hotmail.com
    Espero noticias suyas y conocerle pronto. Saludos cordiales,
    Felio Lozano Quijada

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