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Nueva Tabarca, una isla en invierno

En 1971, tres jóvenes franceses se embarcaron en un pequeño balandro para ir a pasar un invierno en Tabarca. Querían rodar un documental sobre una comunidad de pescadores que vivían apartados del mundo moderno. Llegaron justo a tiempo, porque las primeras señales de cambio empezaban a aparecer… Regresarían cuarenta años después.

El siguiente texto está basado en el escrito por Martine y Jean-François Garry, publicado con el título original «Nueva Tabarca, une île en hiver» en el número 240 de la Revista Le Chasse-Marée, de fecha 6 de abril de 2012, páginas 34 a 51. Las fotografías son también obra de los mencionados autores.


Delante de la garita que se encuentra en el muelle del puerto de Santa Pola, un gran catamarán de motor, inmóvil, de color violáceo, está amarrado. Promete una «súper visión submarina»... Tabarca: estamos de vuelta. El tiempo cambia las cosas y los paisajes. Ni la isla que hemos conocido, ni nosotros, somos los mismos. Las imágenes que descubriremos nos servirán de puente hacia aquellas que vimos, y que nuestra memoria conserva a pesar del paso de los años.
Pedimos dos billetes para esta isla situada a unas diez millas al sur de Alicante, enfrente de Santa Pola.
—¿Hay un barco que solo haga la travesía?
—Si no queréis ver los peces, no tenéis más que quedaros en cubierta. No hay obligación de verlos.
Un poco abochornados, embarcamos.

La isla posee el título de primera reserva marina española desde 1986, sus aguas transparentes están protegidas. Desde cubierta, vamos descubriendo poco a poco la silueta alargada de la isla, aún cubierta por una ligera neblina. Parece un caimán.
Al acercarnos, el barco aminora y, como por arte de magia, muchísimos peces acostumbrados por tantas travesías alimenticias, saltan alrededor del barco y devoran, salvajemente, las cortezas de pan que amerizan y desaparecen enseguida de la superficie.
Fin de la comida.
Prosigue la travesía hacia Tabarca y llegamos a puerto. En el muelle no hay ningún barco de pesca, ¿ya no hay pescadores? Las canoas y los barcos para turistas ocupan el puerto junto con la lancha de la Guardia Civil.
Muelle de Tabarca
Desembarcamos, aprensivos, como de incógnito, arrastrados por la marea humana que se da prisa en ir a descubrir el lugar. En mitad del muelle nos paramos para contemplar el mar y prepararnos mentalmente para la vuelta a esta isla. Con tranquilidad, volviendo a descubrir este horizonte, con el corazón latiendo muy fuerte, inquietos por este volvernos a encontrar.
A la izquierda, nada ha cambiado. El Campo se estira, intacto, pelado, desierto hasta la punta Este, hacia el cementerio. A la derecha, las piedras de la muralla, rodean el pueblo y la puerta monumental se traga a los visitantes. En medio, la playa cierra el istmo.
La visión es dolorosa, ¿qué le han hecho a Tabarca?, el espacio está ocupado por bares y restaurantes y, ¿qué hacen allí todos esos patines varados en la arena? En lo alto de la playa, el antiguo almacén de la almadraba, donde se guardaba el material y las anclas, ha sido totalmente renovado. Un museo ha sido creado. Al entrar, hacemos partícipe al guía de nuestros secretos. Le murmuramos, como hablándonos a nosotros mismos, que habíamos estado en esta isla, entonces abandonada, todo el invierno 1971, y que ahora estábamos muy emocionados.
¿Estuvisteis un invierno en Tabarca, hace 40 años? ¡Debisteis de pasarlo muy bien!
Barca varada en La Caleta, con la puerta de San Rafael al fondo
No habíamos venido a divertirnos, sino a observar, ingenuamente, con el entusiasmo de la juventud, un grupo humano aislado en una isla. Acabamos de salir en mayo del 68, con la esperanza de una vida mejor y más fraternal. Las tentativas de convivencia comunitaria surgían, en Francia, por todas partes y queríamos experimentarlo en nuestra carne, viviendo cinco personas en un pequeño velero y acercándonos a una comunidad humana que fuera auténtica de verdad. La de Nueva Tabarca nos interesaba por partida doble: por su identidad insular y por su historia fuera de lo común.
En solo unos pocos meses, reunimos la tripulación, encontramos el barco de nuestros sueños: un hermoso balandro de madera de ocho metros y medio de eslora y con sesenta años de historia. Estaba un poco destartalado, pero tenía muy buen precio. Igual en Pornic, puerto de Bretaña, algunos aún se acuerdan de aquellos jóvenes que querían restaurar aquel velero. El resultado, tras algunos viajes para mejorar el acastillaje, dejaba que desear.
El Paloma, embarcación tradicional a vela
Nos hicimos a la mar. Pero a pesar de todas las reparaciones, el Paloma seguía haciendo agua, las costuras escupían la estopa y no todo cerraba perfectamente. Daba igual.
Nuestra comunidad no sobrevivió a la estrechez de nuestra cabina. Éramos cinco amigos a bordo cuando salimos de Pornic, dos chicas y tres chicos. Las bodegas estaban llenas tras un generoso avituallamiento. Había lo suficiente para no pasar hambre: sopas de sobre, verdura deshidratada, leche en polvo y en bote, galletas de chocolate, que un generoso donante de Nantes nos había regalado.
Tras varios meses navegando, solo quedaban a bordo algunas galletas y tres tripulantes, entre ellos las dos chicas. Nuestra experiencia de vida en comunidad no sobrevivió a la falta de espacio, a los cambios de tiempo bruscos del Mediterráneo y al agua que entraba por el suelo. Habíamos fracasado, hay que reconocerlo.
Aunque desanimados al principio, pronto le dimos un sentido a nuestro viaje. En nuestras maletas había dos cámaras de 16 mm, rollos de película, carretes de foto, un magnetófono y nuestra juventud, apenas setenta años entre los tres, más que suficiente para lanzarse en la aventura.

Una mañana de invierno del año 1971, el Paloma entró en el puertecito de Tabarca y vino a amarrarse entre dos barcos de pesca, con un ancla a proa y un cabo a popa, amarrado al muelle. Nuestra llegada no pareció provocar ninguna sorpresa aparente. Desde el principio, el paisaje nos comió, nos volvimos invisibles, anónimos, incluso, tal vez, ignorados. Un hombre muy curioso, en el muelle, nos sonríe de golpe y se dirige a nosotros en valenciano. Parece recitar letanías incomprensibles. Se llama Pepe.
Durante cierto tiempo, lo único que hacemos es descubrir la isla y sus habitantes. Lo miramos todo, como si fuéramos pintores, analizando el conjunto y buscando los detalles... Vamos y venimos por este lugar tan pequeño, 1800 metros de largo por 300 de ancho. Nuestra presencia aquí, fuera de temporada, no parece intrigar ni molestar a nadie... Es necesario esperar un cierto tiempo para saber lo que se oculta en este silencio. A medida que pasa el tiempo, la reserva distante cede el paso a las preguntas. Las primeras fueron las mujeres: ¿éramos turistas, como esos extranjeros que vienen en verano? Con el pretexto de ayudarnos a amarrar mejor el barco en este puerto, que estaba tan mal protegido contra los vientos de invierno, los hombres empezaron a hablar: ¿de dónde venimos?, ¿qué hacemos?
Almacén de la almadraba
¿Por qué habíamos elegido Tabarca antes que otra isla? Tal vez a causa de la historia singular de sus habitantes. Esta isla, expuesta a los vientos, que emerge a 3 millas de Santa Pola, se llamaba en otros tiempos Isla Plana.
En el siglo XVIII, los piratas berberiscos la habían convertido en una base avanzada de sus incursiones en la costa española. Es para luchar contra esa plaga que la isla será fortificada y poblada, en 1770, con familias de origen genovés. No venían de Italia, venían de la otra Tabarka, una isla cerca de las costas tunecinas, antigua posesión española, que se volvió genovesa hasta que el Bey de Túnez, Ali Pacha, se hizo con ella en 1741 y esclavizó a su población cristiana. Quince años después, tras la toma de Túnez por los argelinos, los tabarquinos genoveses, que vivían esencialmente de la pesca del coral, son deportados a Argel. Al fin, en 1768, el muy católico Carlos III de España, compra su libertad, y al año siguiente los transfiere a la Isla Plana, rebautizada Nueva Tabarca.
Es así como 385 personas, hombres, mujeres y niños, perteneciendo a setenta y cinco familias, se instalan en el pueblo que se había construido especialmente para ellos y protegido por una poderosa muralla. Las casas bordean las calles rectas, junto con una iglesia majestuosa y una plaza de armas que preside la Casa del Gobernador. El conjunto fue concebido por el conde de Aranda en el espíritu del Siglo de las Luces, con la doble inquietud de la defensa militar de las costas y del bienestar de sus habitantes.
Iglesia y calle de Tabarca
Cada familia recibe el usufructo de una casa y de un pedazo de tierra, así como el mobiliario indispensable y las herramientas, y un peculio. La población activa se compone de agricultores, pescadores y artesanos, un equilibrio que debía permitir una autonomía suficiente. Los tabarquinos obtienen, además, el privilegio de ser dispensados del servicio militar y, también, del pago de impuestos.
Desde el principio aparecen numerosas dificultades: las casas con el tejado en terraza son demasiado altas y las tormentas las estropean; las tierras áridas no se pueden cultivar; y aún peor, el agua de lluvia recogida en las cuatro cisternas no abastece las necesidades de los habitantes. La miseria se instala, lo cual da lugar a rudas oposiciones entre los tabarquinos y el gobernador que representa a las autoridades. El poblar la isla solo se justifica por el deseo de apartar a los piratas. Así es que, cuando a principios del siglo XIX, desaparece esta amenaza, el gobernador y sus soldados se van de Tabarca, dejando a los habitantes a su triste suerte.
Los tabarquinos sobreviven a pesar de todo. La comunidad se mantiene hasta el año 1910. A partir de esta fecha, los supuestos aportes de la civilización incitan los tabarquinos a emigrar a la costa. En los años 60 quedan en Tabarca 274 habitantes. Muchos son viejos aferrados a una tierra, a la que les unen demasiados recuerdos. Los jóvenes, que también están enraizados aquí, acabarán yéndose hacia el mundo moderno.
Llaut de pescadores tabarquinos, entrando al puerto
El 18 de enero de 1971, a las cinco de la mañana, el maestral, viento seco y violento del noreste, sopla en borrasca y maltrata el Paloma. La escollera del puerto, que protege de los vientos del Este, no sirve para nada. El barco tira mucho de sus anclas, que acaban garreando. Poco a poco, el muelle se acerca. No se puede maniobrar, demasiada mar, demasiado viento. No es posible desembarcar. Tememos que los cabos cedan y derivemos contra el atracadero.
Las olas rompen contra el muelle y rebotan contra el casco. Durante la noche, el viento ha aumentado tanto que la resaca parece vaciar el puerto.
Llega el alba, y con ella la esperanza. Un hombre aparece en lo alto de la muralla. Está escrutando el puerto buscando su barca con la mirada, y comprende enseguida lo que nos pasa. Poco después, aparecen cuatro hombres llevando un ancla muy grande que proviene, sin duda, de la antigua almadraba. Remando, van más allá del Paloma y la fondean. Un calabrote aterriza a bordo del balandro, y nuestros salvadores corren a refugiarse a sotavento del muelle. Nosotros cobramos el cabo y lo amarramos, el muelle y el peligro se alejan, los hombres han desaparecido.
Cuando vuelven más tarde, el viento ha amainado. Traen una maroma que tensan entre nuestra roda y la punta del muelle, cerrando el camino a los barcos que quieren llegar al mismo. A lo largo de nuestra estancia invernal, en cada entrada o salida al puerto, por la mañana y por la noche, había que amollar este cabo y luego tensarlo para dejarlos pasar. Una maniobra sin palabras, que los pescadores hacían solos, muy a menudo. Una dificultad que prefieren ignorar a pesar de nuestras protestas, no queríamos estorbar, y ayudarles en la maniobra. Solidaridad obligada, lo esencial es asegurar los barcos. El hecho que seamos extranjeros no tiene importancia, es como si el hecho de estar en Tabarca bastara para tener nuestro sitio.
Esta aventura nocturna nos vale el ser considerados de igual a igual, como marineros, compartiendo el mismo mundo y los mismos tormentos.
Tabarquina
Isabel, la mujer de Tomás, uno de los pescadores, ha bajado al puerto y nos propone venir a dormir a tierra cuando el viento sea malo. Nuestro barco ya no teme nada. Pero esa misma noche nos instalamos en su casa. Isabel es una mujer menuda, trota como un ratoncito, siempre sorprendida y admirando cada palabra de su marido. Él, Tomás, llamado el llarg, encuentra inmediatamente en mi altura y mi delgadez un punto común entre nosotros... Tomás e Isabel, con 60 años cada uno, viven en su casa con Rafael, su hijo, y su mujer Petrola.
La casa, de la qué están muy orgullosos, la han construido con sus propias manos, en familia... Rafael y Petrola, recién casados, viven arriba. Nos honran enseñándonos armarios y cajones. Isabel, muy entusiasta, precede al grupo y lo abre todo a su paso. Nos ofrece una habitación sencilla, blanqueada con cal, que no balancea ni cabecea. Un oasis de paz, un refugio. Dormiremos aquí todas las veces que el Paloma se mueva demasiado en el puerto.
Tomás e Isabel viven modestamente, como todos los tabarquinos, pero no dudan en compartir con nosotros la cena, a la luz de un candil. Nos cuentan cosas de la isla, los náufragos, la pesca. Hablan poco de sus dificultades y saben poco de su origen genovés, que hace recordar sus apellidos con sonoridad italiana.
Desde hace poco, corre un rumor que pone a todo el mundo en ebullición. El nuevo concejal de Alicante ha venido a la isla y ha traído un plano del siglo XIX. Dice el concejal que toda construcción que no figure en ese plano deberá ser destruida. Inquietud... ¿qué derechos tendrán los tabarquinos si la amenaza se precisa? Nadie tiene título de propiedad. Las casas más antiguas habían sido regaladas a sus antepasados en usufructo, las otras se han construido sin autorización. Desde siempre se construye en Tabarca sin permiso. Se podría invocar el derecho consuetudinario, por supuesto, pero, cara a la Administración, ¿qué valor tendría? Isabel y Tomás nos preguntan, pero no sabemos contentar, lo que sí que sabemos es que en caso de problema harán frente común. Hace dos años, ya se les había propuesto abandonar la isla para crear un complejo turístico. A cambio, habrían tenido un alojamiento en uno de los edificios nuevos de la costa. Pero, ¿como se puede abandonar la tierra de sus padres, la casa donde se ha nacido y lo que se posee, por pequeño que sea? ¿Abandonar todo lo que forja tu vida? Los días pasan y las noticias cambian. Ya no se habla de desplazar a los tabarquinos, esta es su isla.
Pepe Canà vestido de cura y «oficiando una misa» junto a la muralla
¡Sorpresa! En el extremo de la isla, en un rincón de la muralla, en el hueco de una bóveda, nos hemos encontrado con un hombre vestido con una sotana. Gesticulaba, vociferaba, ponía los ojos en blanco; parecía celebrar una misa profana y declamar un sermón apasionado e incomprensible. Hemos conocido a Pepe. Este hombre está un poco loco, pero todos los de la isla lo protegen. Nos ofrece su compañía, inofensiva y alegre. Con él, recorremos la isla, el campo pelado, hasta la granja abandonada, la casa del pastor. Cada día nos espera en el muelle, impaciente de vernos bajar a tierra. En su cabeza, mil profecías barrocas. Piensa ser cura. En ningún otro lugar en esta España muy católica de los años 70, esta libertad, por no decir blasfemia, hubiera sido tolerada. En Tabarca, los habitantes sonríen de su locura y no se extrañan. Es más, es el antiguo sacerdote de la isla quien le ha regalado su sotana. Y, cuando los dos guardias civiles se lo encuentran durante su «misa», se quitan el tricornio respetuosamente.
Pepe va a ser el hilo conductor de nuestra película, el personaje emblemático de esta comunidad unida y humana. «Tabarca, los higos chumbos, el viento que sopla, que da dolor de cabeza... y San Pablo y San Pedro que nos miran...». Pepe hace sus sermones en valenciano, en ellos se mezclan San Pedro, la Coca-Cola y las chicas en bikini... Las chicas que él ve en verano, exhibiéndose, y que no se preocupan de la mirada de los autóctonos. Es difícil saber si Pepe encuentra el espectáculo indecente. Él es un devoto de los santos patrones del pueblo, San Pedro y San Pablo, que protegen a la isla. Pero Tabarca no deja de estar abandonada a su destino: sin agua corriente, sin electricidad, sin sacerdote, sin riqueza... Los tabarquinos viven al margen de la sociedad española.
Calafates
Cada día vamos a ver los progresos de un barco que se construye, y observamos los gestos de los tres calafates que lo trabajan, al aire libre, protegidos por la muralla. Pocas herramientas: martillo, mazo, azuela, sierra y pinza. Aparte de un cordel, que se tensa en torniquete para regular la separación de las cuadernas, todo el trabajo se hace a ojo, sin plano, por supuesto. 
La tradición, la memoria del gesto, guía al calafate.
Utilizado para la pesca y los intercambios con la costa, el barco es un elemento vital en la vida de los isleños, de él depende la supervivencia de todos. El llaut es el barco más popular de la isla, junto con su hermanita, la bussa.
La flota local llegó a su apogeo en 1920, dando trabajo a los calafates, que incluso iban a trabajar, a veces, a los puertos vecinos. A Tomás le gustaría tener una barquita que, aunque pequeña, fuera suya. Tras tantos años pasados en la mar, tantos viajes lejanos, esto sigue siendo solo un sueño. Nos lo cuenta sin queja, es, simplemente, la realidad.
Pegado a la muralla, frente al puerto, un hombre mayor escruta el horizonte. Esta allí todas las mañanas, durante horas. Ha conocido la pesca en la época de la vela y la gran almadraba, la última en actividad en esta costa. Una pesca de combate colectivo, que ha perdurado en Tabarca hasta los años 60, una pesca en la que los hombres luchaban, hombro con hombro, para sacar de la inmensa trampa los enormes atunes que podían pesar hasta 300 kilos. La almadraba estaba calada con noventa y cinco anclas, muy pesadas, a una milla de la isla en dirección sureste. Treinta marineros trabajaban en ella, todos eran de la isla. Las redes eran fabricadas aquí por unas quince mujeres. De febrero a octubre, la almadraba operaba de forma continua, con buenas capturas, pero la excesiva explotación de esta riqueza y las modificaciones de las costumbres migratorias de los atunes, acabaron con esta tradición.
Desde que se abandonó la almadraba, muchos pescadores se han ido de la isla, con una gran pena, para ganarse mejor la vida en otra parte. Los otros viven de una pesca de cabotaje, para subsistir. Unos veinte llauts motorizados, de ocho metros de eslora aproximadamente, que usan diferentes artes de pesca... El palangre, el más utilizado, se hace en la zona de dos millas, para capturar doradas, meros, dentones o sargos. El trasmallo se cala de la primavera al otoño, y sobre todo en verano, cerca de la costa, para atrapar salmonetes. Los tabarquinos utilizan también las nasas y las poteras. La potera se practica a una milla, en alta mar, por veinte brazas de fondo, para pescar el calamar.
La vida del puerto sigue el ritmo de las entradas y salidas de la flota pesquera y la preparación de los útiles: limpiar redes, enrollar las líneas en las cestas, preparar los cebos, fabricar las nasas… Al caer la noche, se enciende, para los que llegan más tarde, una lámpara que se balancea en lo alto de un mastelerillo en la punta del muelle. Cuando llega el momento de calafatear los barcos, los hombres unen sus fuerzas para halar cada barco a tierra. El cabo, tirante por la fuerza de tantos brazos, se desliza en una enorme polea, mientras que las voces marcan la cadencia del esfuerzo.
Distribuyendo el agua
Por la mañana, a partir de las ocho, las mujeres van a coger el agua del día a la reserva común. Entre cántaros y garrafas, es «radio pozo» un momento de reunión que todas aprovechan, jóvenes o mayores, para comentar las novedades. Después, con la garrafa de agua calada en la cadera, vuelven a casa. En sus casas guisan el pescado con arroz, la comida básica, y las canciones se escapan por las ventanas. A veces entonan estribillos en un idioma que ya no entienden, canciones de otro tiempo, transmitidas de generación en generación. Son los últimos recuerdos de su antiguo origen genovés.
Para ahorrar agua dulce, van a fregar los platos al mar, arrodillándose en el margen de un lavadero natural, en un rincón de rocas del puerto.
Las mujeres también participan en las artes de la pesca. El remendar redes no tiene secretos para ellas, y muchas también hacen redes nuevas. Con 78 años, María fabrica un kilo de red en dos días, y vende su producción en Santa Pola a 24 pesetas el kilo. Un oficio poco enriquecedor, que las más jóvenes ya no quieren hacer.
Los niños se divierten en la plaza del pueblo a la hora del recreo, por la tarde, al salir de la escuela. Una clase para todos en una casita. Juegan al corro, chillan, juegan y ríen. ¿Cuál es su futuro? Las chicas irán sin duda a la costa a buscar trabajo. Los chicos se embarcarán para ir a pescar a Canarias. Ocho meses sin tocar tierra, llenando con toneladas de calamar la barriga refrigerada de un palangrero. Al volver, descansaran uno o dos meses y se volverán a marchar. Y es que hace falta dinero para construir en la costa, el sueño de la mayoría de estos jóvenes.
Niñas a la salida de la escuela
Numerosos isleños tienen la impresión de haber sido dejados de lado, abandonados por el resto del mundo, de vivir a la dura una existencia precaria más difícil que en otra parte.
El pueblo no olvida, como un símbolo de su desamparo, el drama de esta mujer, de parto, que murió en pleno temporal cuando la llevaban al hospital. Solo queda una solución: arrimar el hombro.
Tres veces a la semana, el María Dolores, el correo de la isla, hace el viaje hasta Santa Pola. Los tabarquinos se embarcan gratis. Al volver, el barco va cargado con pasajeros, pero también con botellas de gas, cajas de botellas y cestas de provisiones: frutas, verduras y otros víveres que hay que ir a comprar a la costa. El sábado es el gran día. El pueblo está en plena actividad. Es el cambio de los guardias civiles. Sus capas hinchadas por el viento, los que llegan van al cuartel, en la Torre de San José, en medio del campo de higos chumbos.
Desde hace poco, corre un nuevo rumor de punta a punta de la isla. La ciudad de Alicante va a regalar a Tabarca un potente grupo electrógeno para tener luz en las casas y en las calles. ¡La luz eléctrica en la isla! Los tabarquinos no se lo creen, al fin, alguien ha pensado en ellos. Una delegación con chaqueta y corbata espera en el puerto al concejal de Alicante: el guardia civil, el alcalde, el enfermero, el maestro... ¿De qué hablan? Nos enteramos de que traerán dos motores el viernes. Luego traerán cabinas de playa que serán instaladas, la playa va a ser remodelada, aplanada. Hasta se habla de habilitar un terreno de camping. ¡Todo llega, estamos en marcha! Se va a limpiar la isla de arriba abajo, un empleado se va a encargar de que las calles estén limpias. Un pescador nos ha dicho que la isla se iba a convertir en un pequeño Montecarlo. ¿Un flujo de veraneantes para dar fuerza a esta comunidad abandonada? ¿Podría seguir viviendo la isla sin esto? ¿Se ha buscado otro tipo de soluciones?
Mujeres lavando en La Caleta
Una mañana de este invierno de 1971, una chalana atraca en Tabarca. Transporta un gran generador y una dinamo. La llegada es triunfal. Se descarga a fuerza de brazos, todos quieren participar en la maniobra. Discurso oficial. Aplausos. Es un buen día. El evento es importante. Una niveladora y un tractor acompañan al motor. Ellos han de limpiar la cala y la playa, donde reposan restos inútiles de barcos, que aún tienen su arboladura... La niveladora va a hacer desaparecer los últimos testigos de la historia marítima local. Hay que revalorizar la isla para que sea más limpia, más atractiva, para acoger a los extranjeros. ¿Quién se va a quejar? Asistimos, con el corazón en un puño, a la destrucción de las viejas barcas con velas latinas. La máquina las devora, las destroza y las empuja a la punta de la playa. Un gran montón que se va a quemar. Por casualidad, estamos presentes en este momento crucial. El momento en que el mundo moderno ha decidido irrumpir en Tabarca. ¡La isla, el paraíso del turismo! «¡Qué suerte para los habitantes!», alardean los empleados municipales. Estamos anonadados.
Los pescadores siguen en sus faenas como si no pasara nada, pero todos esperan un cambio, una vida mejor, más fácil. Tomás sigue relingando redes, su trabajo principal en invierno; cuando le cunde, monta una por día. En abril, ¿se va a volver a embarcar, como de costumbre, para ir a pescar a Marruecos? Cuatro meses en el mar, para tener de qué vivir en invierno.
Una vez la instalación hecha, la excitación se calma, la vida vuelve a su discurrir ordinario. Únicamente las luces en la noche anuncian los cambios que vienen. El ruido del motor, también, que oculta el soplar del viento. Tomás ha sido nombrado guardián del monstruo... Hará falta un cierto tiempo antes de que se vea la evolución de Tabarca. Esperamos, sin creérnoslo, que la fiebre de lo moderno no contagie a los habitantes, haciendo desaparecer su lado tan humano.
Estaban en el muelle cuando izamos las velas. Isabel nos dio un beso. Prometimos volver muy pronto. Era una mentira.
Niñas después de la escuela, jugando en la Plaça Gran
Otoño de 2011. Hemos estado andando todo el día por la isla, hemos visitado el museo dedicado a la historia de Tabarca y a su vocación reciente de reserva natural. En este lugar, muy bien diseñado, hemos descubierto tesoros, fotos de la almadraba en actividad, documentos de la pesca a vela, retratos muy enternecedores de tabarquinos de los años 60, secuencias muy hermosas filmadas en esa misma época. Lo que vemos nos da seguridad.
Esa misma tarde nos vamos de Tabarca. Esta breve estancia nos ha permitido sacarnos de dudas y abandonar las viejas ilusiones. La isla ha cambiado poco en su configuración. La muralla y las puertas monumentales han sido muy bien restauradas, así como la iglesia y la Torre de San José. Hemos reconocido cada calle, cada casa, los pozos, el «sitio» de la capilla de Pepe. Una mujer nos ha dicho que Tomás e Isabel habían fallecido, y que su hijo Rafael era patrón de pesca en Santa Pola. Según ella, nada es como antes. Otro mundo ha llegado a Tabarca. El agua corriente, la electricidad, el teléfono y el turismo han modelado una nueva isla. Las redes de pescar se han colgado de forma definitiva. Muchos son los que se han ido a trabajar a la costa. Durante el invierno hay menos de cincuenta habitantes. En verano, es la locura, ¡más de cuatro mil visitantes cada día!
¿Qué les ha pasado a mis amigos,
de los cuales he vivido tan cerca,
y a los que tanto he querido?
Parece que el viento se los ha llevado...
Este poema de Rutebeuf, que cantó Léo Ferré en los años 60, nos viene a la memoria. ¿Y sus hijos? ¿Dónde están los barcos de pesca? La comunidad tabarquina que nosotros habíamos conocido ha desaparecido, diseminada, ya solo existe en blanco y negro en nuestros recuerdos y en las fotos ¡Qué odisea tan increíble la suya!
En el camino de vuelta, en la autopista, escuchamos las noticias sin parar: la crisis económica en Europa, las promesas electorales... También se habla de un suceso horrible: la muerte de Yue Yue, una chinita atropellada por una camioneta en plena ciudad y que nadie ha socorrido. ¿Basta con indignarse? Pensamos en Isabel y Tomás, en su generosidad, en su humanidad, en la vida comunitaria que unía los habitantes de la isla y de la cual ellos dependían. Nos quedamos sin palabras. Cambiamos la frecuencia para escuchar música y ponemos el volumen muy fuerte.

Años después de nuestro invierno en Tabarca, y tras numerosas mudanzas, la película original de 16 mm que habíamos rodado en la isla en 1971, y de la cual habíamos hecho el montaje, se ha extraviado. No se hizo ninguna copia. Una gran bobina en una caja metálica. Tal vez se ha quedado en alguna parte: en un desván de Dinan, de Saint-Nazaire o de Douarnenez, o en otra parte, o en un rastro... ¡Si por casualidad la encontrarais, seríamos muy felices! Afortunadamente, nos quedan algunas imágenes, largas secuencias sin montar y las fotos que hicimos en aquella época, que el conservador del museo de Tabarca añadirá a sus colecciones. Es el punto final a esta aventura de juventud.
Pero, lamentablemente, la película no fue localizada, y el resto de esos materiales ha dado como resultado un interesantísimo documental sobre la isla. Esta es la noticia aparecida en el Diario Información del 7 de septiembre de 2014: «Del mayo del 68 a la vetusta Tabarca».
Más de cuarenta años después de su visita, tres franceses engarzan un documental sobre una isla anclada en el tiempo.
Si algo representó el mayo francés fue un tortazo al orden establecido, un puñetazo a la mente acomodada. De aquel movimiento, cinco jóvenes galos extrajeron su pretensión de conocer el mundo, de escarbar entre las sociedades más extrañas para embadurnarse de sus poco convencionales modos de vida. La motivación les llevó, en 1971, a Tabarca. A una isla que por entonces vivía ajena a los tímidos avances que se producían en la España franquista. Sus escasos vecinos subsistían sin luz eléctrica y sin red de agua potable. Lo cuentan ahora, más de cuarenta años después, a través de «Tabarca, una isla en invierno», un documental que recoge los restos de en lo que en su momento se diseñó como el reportaje audiovisual y que acabó perdiéndose. Los despojos, sin embargo, son un auténtico tesoro sociológico que refleja una comunidad que pocos meses después empezó a cambiar hasta convertirse en la Tabarca que se conoce hoy, asaltada por el turismo.
El documental ha sido proyectado durante casi todo el verano en la isla, con un enorme éxito de audiencia, concentrando a muchos de aquellos que aún conocen a los que aparecen en las imágenes. Lo exponen en voz alta y a nadie le molesta. Es agradable saber un poco más de lo que ofrece el documental, conocer detalles para sentirse parte de Tabarca.
«En aquel tiempo pensábamos que las comunidades aisladas representaban un modo de vida ejemplar con más humanidad. Queríamos entonces rodar cuatro reportajes: el de Tabarca, otro en Marruecos, otro en Yugoslavia sobre los gitanos y uno en Francia en una comunidad de neorurales. El de Tabarca es el que tiene más importancia para nosotros por el contacto humano y cariñoso que tuvimos con los tabarquinos», explican Martine y Jean-François Garry, dos de los protagonistas de una expedición que nació como una especie de comuna de cinco jóvenes pero que, con las dificultades posteriores, acabó por reducirse a tres personas.
Corría el 1971 cuando los galos adquirieron un balandro de madera de 8,5 metros de eslora y sesenta años de antigüedad. Lo denominaron «Paloma». Cuando el avituallamiento empezó a menguar y las inclemencias meteorológicos convirtieron el viaje en una odisea, la experiencia debió redefinirse. Dos cámaras de 16 milímetros, rollos de película, carretes de foto y un magnetófono les permitieron visualizar en sus mentes lo que después acabó por convertirse en una película, ahora en paradero desconocido. Así pudieron conocer y grabar a una sociedad cuyo raigambre se adentra en el Mediterráneo, con antepasados genoveses. De ahí sus particulares apellidos: Ruso, Chacopino, Manzanaro...
También observaron unos niveles de miseria que no habían podido ver en sus cortas vidas. Fue el 18 de enero de 1971 cuando su relación con Tabarca cambió drásticamente. Hasta ese momento habían observado a sus habitantes desde su casa-barco atracada en el puerto. Pero el mistral maltrató en exceso el «Paloma» y escenificó la solidaridad de los tabarquinos, que, tras combatir contra el temporal, invitaron a los franceses a hospedarse en una de las casas. Es por ello que el documental cuenta con un reconocimiento especial sobre la familia de Isabel y Tomás, su hijo Rafael y su nuera Petrola.
También ofrece el reportaje un especial trato sobre Pepe, un peculiar personaje de la isla del que han quedado grabados para la posteridad algunos de sus sermones «alternativos» que tanto hacían reír a los tabarquinos. La experiencia (estudio) de los franceses, así como el documental, finaliza con las reformas que se emprendieron poco después y que permitieron la llegada a la isla de grupos electrógenos que dieron luz a cada casa y a las calles. Una auténtica revolución.
La entrada de Tabarca en la modernidad llegó acompañada de su concepción como lugar potencialmente explotable por el turismo. «Cuando hemos vuelto, 40 años después, la hemos encontrado muy cambiada. Ha sido un choque, el turismo hace su trabajo. Pero queda una isla con algo de magia. El museo es muy interesante y cuenta la particular historia de los tabarquinos. Por lo demás, es la marcha irreversible del tiempo y del modernismo», finiquitan los Garry.



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